Y pasaron los años

25 de abril de 2026
6 minutos de lectura
Desierto.
Debemos querernos, aunque estemos solos, y buscar esa pizca de nuestra antigua juventud ante el espejo delator de nuestra mente

Después de años de formación personal y reconocimiento humano, con hijos, amigos y muchas muertes de personas muy queridas, un buen día te encuentras solo y en medio de un desierto. Sin entender nada de lo que te pasó, es como si vivieras una horrible pesadilla.

Lo contaba así, con miedo y emoción contenida en aquella cama de hospital, una mujer que se sentía agradecida por la prontitud con la que fue atendida; gracias a eso se salvó, sin que le quedaran secuelas. Cuando le preguntaban qué le había pasado, explicaba cómo se encontró sola, sin equipaje, en un desierto de arena rojiza donde, por más que buscaba con su mirada de un lado a otro, estaba sola, sin nadie en su entorno.

Sus pies se hundían en esa arena rojiza y su cabeza estaba llena de preguntas sin respuesta. Abría los ojos y estiraba los brazos, buscando con las manos abiertas y esperando a un alma misericordiosa que la guiara a donde fuese para no tropezar, pues la luz rojiza dejaba totalmente cegados sus ojos enfermos; veía el cielo entre tonos cobrizos, rojos y con destellos dorados. Así se encontró en aquel lugar desconocido, sin ruido alguno; se sentía sola, pero se notaba bien, tranquila y esperando…

Recordaba haber escuchado las palabras de alguien en otro lugar, en algún helado momento de un invierno interminable, que comentaba con otra persona que no se preocupase por ella, pues ya no se enteraba de nada y no sufría.

Se sentó sobre esa arena rojiza y esperó. Solo podía rezar, de eso se acordaba; en su interior, las Avemarías se repetían en su mente una tras otra y el «Dios mío» como una jaculatoria sin fin. Llegó a preguntarse si aquello era su muerte.

Al cabo de un rato recordó un nombre, el de alguien que no recordaba quién era, pero que le parecía familiar dentro de su desvarío. Llamó a gritos a ese nombre que no le venía a la memoria; solo era capaz de mover los labios, sin tener voz. Llamaba a alguien que se marchó un día sin despedirse de ella y, desde ese momento, se vio sola, abandonada y triste.

Gritaba desde dentro de su ser, una y otra vez, esperando que alguien la salvase. Ya estaba oscureciéndose el cielo y un suave viento comenzó a soplar. Pensó que estaba muerta y que no la habían enterrado; comenzó a sentir un miedo intenso que la hacía temblar.

De pronto, se sintió como transportada gracias a la ayuda de alguien que, con una fuerza cálida, intentaba ponerla de pie. No le veía la cara, pero le producía una agradable sensación de seguridad. Quería preguntar si estaba muerta, pero no podía hablar, no tenía voz, y se vio casi flotando hasta llegar a un lugar muy blanco, sin paredes. Su mente estaba en constante ejercicio y solo tenía preguntas: ¿Dónde estaba? ¿Qué le había pasado? ¡Qué pesadilla!

Lo escuchaba todo. Parecía que la trataban como si no se enterase de nada. No era solo como si hubiera perdido la voz; se sentía como si hubiera perdido su autoestima, esa que la había mantenido viva junto con su dignidad y su prestigio. Dentro de ella algo despertó. Pensó que la habían internado en un sanatorio mental para esperar que la muerte se la llevase, pero… necesitaba respuestas.

Sintió un pinchazo y su mente dejó de producir alucinaciones y desasosiego; se quedó dormida. Despertó horas después. Alguien la estaba moviendo con dulzura para despertarla; se sentó de pronto, impulsivamente, sin saber de dónde le venían las fuerzas.

Empezó a recordar que estaba esperando en la sala de espera para ser llamada a una cita médica. Hablaba con una señora de ojos claros y brillantes que le contaba una experiencia vivida que le había devuelto el amor a la vida tras un intento fallido de querer desaparecer; alguien le tendió la mano en el último momento, salvándola de ese terrible trance contra sí misma.

Solo recordaba cómo sintió un dolor enorme en las sienes y, de pronto, su visión pasó a negro. Perdió el conocimiento y todo lo que sintió y vivió fue fruto de esos largos minutos con su mente a cero; era como si estuviera muerta.

Había sufrido un accidente cerebrovascular pero, gracias a la rapidez de haberla atendido a tiempo, se salvó sin que se produjeran secuelas. Sin embargo, no se libró de sentir el frío helado de la pérdida de la razón por esa soledad en la que vivía diaria, semanal, mensual y anualmente… ¡Infinita! Desde que se quedó sola, sin la pequeña familia que ella, junto a su marido, había creado.

Pensó que todo ese trance era preferible antes de verse sin memoria ni dominio sobre sí misma, perdida su autoestima y dignidad, como una pavesa de papel quemado que flota en el aire, solo mecida por el viento.

Dio gracias de corazón, pues ese es el mayor terror al que nos enfrentamos hombres y mujeres al hacernos mayores, más aún si las familias a las que pertenecemos se van descomponiendo por esas irremediables pérdidas y solo queda tu propia imagen en esos espejos de tu casa, donde antes os mirabais todos y ahora solo se refleja tu imagen solitaria.

Toda esa familia que creaste con tu elección libre, pero que se fue marchando de esta vida tan plena, bonita y maravillosa; y más cuando se lleva con amor, con el que has sido capaz de conocer todas las sensaciones que un ser humano es capaz de vivir, sentir y experimentar, buenas y malas, con las que te enriqueciste en conocimientos para crecer como persona.

Con una mente sana, por más años que cumplas, siempre la tendrás presente y la añorarás hasta que dejes de sentirte viva. Debemos querernos, aunque estemos solos, y buscar esa pizca de nuestra antigua juventud ante el espejo delator de nuestra mente, que guarda la expresión alegre del bello rostro de aquella juventud perdida por el paso del tiempo.

Salir a la calle con ese espíritu que queda entrelazado en ese rinconcito del corazón, donde eres capaz de verte aún joven, con esa compostura que surge gracias al milagro de las sensaciones que experimentaste, pase el tiempo que pase.

¡Creed en vosotros y sentíos vivos! Es mi consejo para poder sobrevivir a la juventud corta y banal de los otros. Sed condescendientes, ya la pasasteis; pensad que la vejez es demasiado larga para algunos y tremendamente corta para otros, sencillamente porque no llegaron a vivirla.

Quereos; nadie os podrá amar como vosotros mismos. Sois vuestros mejores maestros en esas sensaciones que también conocéis y no olvidáis. Ellos, los que se fueron primero, nos dejaron todo lo vivido en nuestro propio ser, en una gran enciclopedia en la que nuestros deseos, mente y silencios se llenarán de sapiencia, paz y amor.

Sentir es la mejor sensación que poseemos; administrarla bien es otro regalo que recibimos al venir a esta vida. Y así podréis llegar hasta el final del camino. Estoy segura de que superará con creces todo lo vivido, creado para nuestro disfrute como un regalo implícito por haber nacido.

Gracias a ese hombre y esa mujer, nuestros padres, que nos dieron la oportunidad de nacer y poder conocer la grandeza de la vida. Como decía una canción: «Gracias a la vida, que me ha dado tanto… Me dio dos luceros que, cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco y en el alto cielo su fondo estrellado… y en las multitudes al hombre que yo amo…».

No dice nada de lo que perdimos en el camino, pero es tan hermoso haberlo vivido que, a pesar de las tragedias, habrá merecido la pena nacer para vivir todas esas experiencias: las buenas, por la felicidad que nos dieron; y las malas, por la madurez y el aprendizaje conseguido.

Mientras exista vida en ti, hay esperanza para poder cambiar los esquemas que atormentan nuestros días; todo tiene solución. Los finales no tienen vuelta atrás, por mucho que te arrastren esos seres sin piedad a cometerlos.

Siempre existe la magnanimidad del perdón si tu corazón siente piedad por quien te la implora, y más si formó parte de tu vida. El pedernal es una roca extremadamente dura; no la metamos en nuestro corazón, pues nos arrastrará inevitablemente a una vida triste y gris.

¡Vivir es nuestro mayor tesoro, rodeaos de gente buena! Las mentes tóxicas, cuanto más lejos de vosotros, más libres nos sentiremos. El rencor destruye al individuo; el perdón lo libera de esa pesada cadena a la que cada año se le añade un eslabón más.

Amar es el mejor consejo que nuestro Salvador nos dejó a todas sus criaturas; intentemos cumplir su maravilloso y dulce mensaje. Creas o no creas, llévalo en tu corazón; te irá bien para afrontar tu vida.

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  1. Sentir es lo que nos hace engancharnos a la VIDA en su máxima expresión, tener los sentidos bien despiertos para percibir todo lo que vive a nuestro alrededor, conectándonos como la parte que somos de la Naturaleza. Cada uno de nosotros hemos sido invitados a participar de ese magnífico espectáculo y no solo como espectador sino como un instrumento más que con su interpretación puede hacer aún más hermosa la melodía.

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