Puede que haya más, pero quisiera limitarme hoy a tres tipos de soledad: la que se elige, la que se sufre y la que mata.
La soledad elegida es casi siempre sonora porque ha sido buscada para escuchar la voz de dentro, sentir el oleaje del mar en su murmullo de sorpresas, vibrar con la memoria como un suspiro que pudiera recuperarse. Hace falta equipaje interior si prefiere uno quedarse solo.
La soledad obligada nunca gratifica ya que se trata de un arrinconamiento por propia decadencia o al sitio donde algunos hijos llevan a sus padres porque el único caudal que les queda son los besos. Es preciso un entrenamiento para tanto dolor.
Y la tercera soledad es la de Soledad Iparaguirre, la etarra malnacida que ha sido devuelta a la cárcel gracias el juez Castro. En su rostro se le dibujan arrugas desdichadas por la sangre que llevan de catorce personas a las que mató o señaló que mataran desde una villanía inconcebible… Gritos tendrá en su soledad esta Soledad podrida para ser hermana de nadie. Únicamente Dios tendrá perdón para ella; los demás, ya hacemos bastante con olvidarla.
Pedro Villarejo