Este viernes 24 de abril llega a las pantallas Cochinas, una comedia ambientada en el Valladolid de 1998 que narra la transformación de Nines (Malena Alterio). La protagonista, una mujer de valores conservadores, se ve al frente del videoclub familiar en plena crisis del sector. Para reflotar el negocio, decide apostar por el cine porno, una decisión que, lejos de ser puramente comercial, termina provocando una inesperada revolución sexual entre las mujeres del barrio, quienes comienzan a explorar su propio placer.
El elenco aprovecha el estreno para alertar sobre el contraste entre los videoclubs de antaño y el acceso ilimitado al contenido digital actual. Malena Alterio califica de «terrorífico pensar que cada vez niños más pequeños tienen acceso a la pornografía», advirtiendo de que estas imágenes «sacadas de contexto son muy violentas, no educan, no son reales». Para la actriz, la ficción sirve para recordar que es imperativo «regularizar, cuidar y formar» en lugar de dejar la instrucción en manos de algoritmos.
La serie defiende que el porno es solo el «detonante para que un grupo de mujeres que ni siquiera se habían preguntado en relación a su sexualidad» se atrevan a compartir sus inquietudes. Según sus directoras, el videoclub se convierte en un «espacio de conquista» donde las vecinas juzgan lo que ven en pantalla y rompen el tabú del silencio. El objetivo de la producción es que el espectador se plantee, como indica Andrea Jaurrieta, «si realmente están siendo felices con su propia sexualidad».
Otro de los pilares de Cochinas es la crítica a la estética normativa y la defensa de la diversidad física. La trama explora las inseguridades femeninas frente a la cámara, contraponiendo la crudeza del porno con la calidez del encuentro real. Celia Morán califica de «loquísimo» que en 2026 todavía se considere «algo revolucionario el enseñar cuerpos reales en la ficción», denunciando que la industria audiovisual a menudo sigue huyendo de la naturalidad en favor de cánones imposibles.
Finalmente, los creadores insisten en que la responsabilidad de una educación afectivo-sexual debe ser compartida entre colegios, familias y el entorno social. Álvaro Mel lamenta que para muchos jóvenes «la única educación sexual sea el porno» y propone la creación de asignaturas específicas que enseñen algo más que biología. Cochinas se presenta así no solo como un ejercicio de nostalgia noventera, sino como un espejo necesario para analizar cómo nos relacionamos hoy con el deseo y la intimidad.