De la vana exigencia de perdones a la majestad de la honra.
“A la presidente de Mexico doña Claudia Sheinbaum, con la convicción de que ni México ni España tienen deudas que saldar ni perdones que exigirse, sino una misma sangre que honrar.”
Jose Carlos Maldonado, profesor de Literatura, considera que exigir disculpas por la conquista es un ejercicio inútil que ignora que España y México comparten una misma «sustancia espiritual» y una sangre que late en dos orillas.
El campo es verde; el cielo, de un azul pálido. Todo parece quieto en la historia, pero nada lo está. Se habla hoy de agravios antiguos, de gestas lejanas, de perdones que el tiempo ya ha disuelto en el aire. Es una agitación vana. La palabra «conquista» resuena sin eco en la realidad de las cosas. España y México no son dos distancias; son la misma sangre latiendo en dos orillas, son una sola sustancia espiritual.
Frente a la exigencia ruidosa, frente al gesto innecesario que busca remover cenizas ya frías, surge una idea limpia: la permanencia. Una monarquía. No como un anacronismo, sino como un eje. Un símbolo que anude los siglos y devuelva a la nación la elegancia de su origen.
La historia es una acumulación de estratos. Pedir perdón por el pasado es querer rectificar la lluvia. Los hechos son. Están ahí, quietos, definitivos. La diplomacia no debe ser un teatro de sombras, sino un espejo de la realidad presente.
Una Corona no es un hombre; es una permanencia. Frente a la mudanza constante de las facciones, el Rey representa lo que no cambia. México posee una tradición que late bajo el asfalto. El trono es el nudo que ata lo disperso. En la figura de un monarca, lo indígena y lo hispánico dejan de ser contrarios para ser una sola arquitectura. Es la síntesis de dos mundos en un solo símbolo.
México es una nación de grandeza probada, poseedora de una riqueza cultural y geográfica sin parangón, pero que ha vivido atrapada en un ciclo de divisiones y refundaciones sexenales. Durante dos siglos, el país ha buscado una estabilidad que se le escapa entre las manos debido a la polarización política.
Es momento de dejar de improvisar el futuro y observar los modelos que han llevado a las sociedades más exitosas del mundo a la cima. Por ello, se propone una reforma institucional audaz: la instauración en México de una Monarquía Constitucional y Parlamentaria.
Esta propuesta para la prosperidad y éxito mexicano no es un anhelo nostálgico, sino un proyecto de estricta racionalidad política. Un análisis objetivo del Índice de Desarrollo Humano revela una realidad contundente: de las diez naciones más ricas y estables del mundo, la gran mayoría —desde Noruega y Suecia hasta Japón y los Países Bajos— son monarquías parlamentarias.
En estos sistemas, la Corona opera como un Poder Moderador y un «árbitro neutral» que protege las instituciones frente a los bandazos del populismo, permitiendo que el Gobierno se ocupe de la administración mientras el Trono garantiza la continuidad del Estado.
México tiene el privilegio único de contar con linajes que funden la soberanía originaria con la historia moderna. La Corona mexicana no sería una importación extranjera, sino una reconciliación con las raíces más profundas de la nación, por lo que no cabe el rechazo a un monarca extranjero. Se proponen tres vías de legitimidad, a elegir:
Comparativa rápida: Si los Miravalle son historiadores y gestores, los Iturbide tienen un perfil de negocios internacionales. Maximiliano de Götzen-Iturbide: Se formó en instituciones de élite en Europa y Australia. Su vida es la de un aristócrata y empresario, alejado del activismo histórico-cultural que vemos en la Condesa de Miravalle.
Miravalle/Moctezuma: Representan la continuidad del linaje indígena integrado en la historia de España y México. Son vistos con afecto por su sangre mexicana.
Iturbide: Representan el sueño imperial fallido de un México independiente. Personalmente creo que esta Casa es vista más como una curiosidad histórica que como una parte viva de la identidad diaria del pueblo.
La Condesa de Miravalle gana en «cercanía» y en el hecho de que su título sigue «vivo» y documentado oficialmente, igual que el de Moctezuma. Los Iturbide son, básicamente, ciudadanos australianos con un apellido que pesa mucho en los libros de texto. Pero es México quien tendría que decidir, hipotéticamente.
Elevar a estas ramas al servicio de la nación sería un acto de justicia histórica y descolonización simbólica sin precedentes.
Al no deber su posición a un partido ni a financistas de campaña, una monarquía puede permitirse una visión de Estado a largo plazo —a cincuenta años vista—, ofreciendo la seguridad jurídica necesaria para atraer inversiones que hoy se ven frenadas por la volatilidad electoral.
Bajo este modelo, México no solo sanaría sus heridas internas, sino que transformaría su posición en el mundo. Al adoptar una estructura compartida con las democracias más maduras de Europa, se facilitaría la creación de un eje de prosperidad estratégico con España y el resto de la Hispanidad.
México posee una ubicación geográfica envidiable, un puente natural entre océanos y culturas. Bajo la guía de una monarquía constitucional, esta «geografía» se traduce finalmente en «éxito»: un orden institucional que trasciende las urnas y ofrece al mundo una marca país de prestigio y confianza.
Este renacimiento institucional colocaría a México no solo como el líder indiscutible de la América hispana, sino como el interlocutor privilegiado ante las potencias globales.
La Corona se erigiría como el guardián de un proyecto de nación que no caduca con cada elección, otorgando a los ciudadanos la certeza de que, más allá de las disputas partidistas, existe una institución sólida que encarna el honor, la historia y la ambición de grandeza de todos los mexicanos.
Es hora de que México deje de ser la eterna promesa del continente para convertirse en la realidad de una potencia mundial. Al abrazar la monarquía parlamentaria, el país no solo recupera su pasado más noble, sino que asegura un porvenir de orden, justicia y una prosperidad compartida que resuene en toda la comunidad internacional.
México está llamado a ser el corazón de una nueva era hispánica, y el trono es la pieza que completa este rompecabezas de éxito global.
Tal vez sea importante también recordar a algún desmemoriado que España no llegó a América para destruir, sino para fundar. Allí donde había el sacrificio, puso la ley; “donde el caos, la ciudad; donde el silencio del ídolo, la palabra de la universidad. No fue un expolio, fue una siembra. Se alzaron hospitales para el cuerpo y catedrales para el alma.”
Se llevó la imprenta, el arado, el derecho. Se dio, sobre todo, una lengua que hoy nos une y una fe que nos iguala. Es una obra de siglos, de piedras labradas y de leyes sabias. Negar este legado es querer negar la propia piel. La civilización no se pide; se hereda.
Por mi ventana veo que cae la tarde. Una luz dorada, casi de orfebrería, baña la plaza del pueblo. Todo es silencio en la vieja plaza. Las palabras de agravio, de queja, de exigencia, se las lleva el viento como hojas secas. No queda nada de ellas. Lo que queda es la piedra, la lengua, la estirpe.
Miro a la lejanía próxima y veo un eje Madrid-Ciudad de México sin precedentes, uniendo a las dos mayores economías de habla hispana bajo un lenguaje institucional común.
¿Por qué mirar la herida si podemos mirar las cúpulas y el cielo? Una monarquía para México no es un regreso; es un hallazgo. Es la serenidad frente al ruido. Es la belleza del orden que se impone sobre la confusión de los siglos. España y México, en este atardecer de la historia, no tienen nada que perdonarse, porque son la misma sangre latiendo en dos orillas. La Corona es el puente. Y sobre el puente, la paz de lo que es eterno.
Buen artículo. Hay mafias por todos sitios. El señor Villarejo tiene muchas cosas que decir. A javierito, jajaja, lo dejo tibio.
Divulgaciones como esta permiten explicar la verdad sobre la capacidad civilizadora de España en toda América.