Al mismo tiempo que el quijotesco ministro de Cultura pide al rey padre que se disculpe, la Asamblea Nacional de París premia Reconciliación, el libro de sus memorias abreviadas que el monarca ha querido sintetizar en aquellos pasajes que no duelen. Todas los libros de memorias son así: se esconde lo que se teme disimulando las sombras, que para destacar las equivocaciones ya están los enemigos.
Francia premia al rey Juan Carlos mientras en Madrid ni le ofrecen siquiera “un agasajo postinero” en el Chicote de Agustín Lara, tan entrañable. Puede que este reconocimiento tenga mucho que ver con un modo de afearnos el trato, indisimuladamente sesgado, que en España han tenido con él su hijo y el Gobierno. El pueblo pronto olvida “los pecados húmedos” o cualquier distraimiento de bienes, tan español también cuando se puede. El rey intentó reconciliar a España consigo misma, y el expresidente del lobby venezolano rompió el lazo de su benevolencia con la nefasta Ley de Memoria, que nunca olvidaremos por lo dañina que ha sido, casi tanto como su intención.
El resultado es que el Presidente de Gobierno no puede salir a la calle y al rey lo vitorean allí donde aparece.
Pedro Villarejo