El arquitecto de la Rima: lecciones de un relojero de sombras

13 de abril de 2026
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Poesía. / Fuente: Freepik

Dedicado a Juan José Gallego, gran poeta de Granada. Su ‘Historia de España en versos romanceros’ aguarda todavía con una paciencia de siglos que este medio le haga honra con el turno de su entrega por capítulos. La justicia, como la buena rima, a veces tarda en llegar.

Yo fui hace tiempo profesor de literatura. Mis alumnos me llamaban el
Chivo; siempre creí que cariñosamente; no sé si por mi barbilla española, o
porque me creían un poco chiflado. Mi coche era el «Chivomóvil».
Era frecuente en el bullicio del patio que, de pronto, uno de los alumnos
gritase a los demás:

-“Ya ha llegado el Chivomóvil y está aparcado, todos a clase”.

He visto muchos pupitres, muchas tardes de lluvia tras los cristales y
muchas manos jóvenes temblar ante la cuartilla.

La poesía, creo que es un oficio de relojero. Hay en ella una jerarquía de piedras preciosas, unas más duras de labrar que otras.

Entremos en el aula del tiempo. Silencio. Las cosas tienen su momento, y el verso, su peso. Hagamos hoy como ejercicio una personal valoración técnica, que no de calidad, pues la calidad es otra cosa, de las composiciones en verso:

En la cúspide, allí donde el aire escasea y el pulmón se fatiga, descuella
la Sextina. Es el laberinto de espejos. Treinta y nueve versos donde las
palabras finales se persiguen, obsesivas, en una danza matemática que marea el sentido.

No hay rima que ayude, solo el eco de seis palabras que vuelven una y otra vez como un remordimiento. Es la geometría del insomnio. Llegó a España desde el Renacimiento italiano, y el sevillano Fernando de Herrera, “El Divino”, las bordaba.

Cervantes se atrevió con una en “La Galatea”, y el genial Lope creo que compuso cuatro.

Al lado de la sextina, el Soneto. Es el diamante. Catorce versos endecasílabos. Dos cuartetos, dos tercetos.

Es una cárcel de cristal donde el pensamiento debe bailar sin rozar los muros. Es la mayor fatiga; un solo acento fuera de lugar y el palacio de cristal se derrumba en mil astillas de silencio.

Hasta Lope de Vega se veía con él en un aprieto: “Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto …”

Bajamos un escalón. Aparece el alejandrino. Es el verso de los reyes y
de los salmos. Catorce sílabas divididas por una frontera invisible, la cesura, como dos soldados que se miran sin tocarse. Es un verso largo, lento, que exige un aliento de gigante y una elegancia de cisne herido.

En el alejandrino, la frase se remansa, se ensancha, se vuelve solemne como una procesión que cruza una plaza vacía.

Hoy se utiliza impropiamente, tal vez, el término «alejandrino libre» y
suele referirse a la evolución del verso de 14 sílabas hacia formas que rompen la rigidez de la métrica medieval (cuaderna vía), dando lugar a alejandrino modernista, alejandrino en silva libre, soneto en alejandrino, e incluso alejandrino blanco (sin rima).

Luego, la Décima o Espinela. Diez versos octosílabos, de rima muy
rigurosa. Es una filigrana de plata. La rima debe ser perfecta, como el
engranaje de un reloj antiguo. Exige una mente fría y un corazón que lata al
ritmo del metrónomo. Un error en la quinta línea y el mecanismo se detiene para siempre.

Existen troveros en todo Puerto Rico, y son grandes maestros
improvisadores que cantan décimas. Incluso existe una Asociación llamada
Decimanía, También en las Alpujarras granadinas abundan estos artistas de la improvisación, en localidades como Albondón, Órgiva o Murtas, conocido éste como pueblo del trovo.

Bajando por la ladera, la Octava Real y el Terceto Encadenado. Son
las estrofas de los grandes viajes, de las gestas épicas. El endecasílabo fluye,
pero la rima te obliga a no perder el paso. Es caminar por una cuerda floja
sobre el abismo de la retórica.

A media altura, la Copla de Pie Quebrado. El verso corto corta el
aliento, como un suspiro que interrumpe la frase. Es la sencillez fingida de
Jorge Manrique; la elegancia de quien sabe callar a tiempo cuando la muerte asoma por el corredor.

Y llegamos al llano: el Romance. Es nuestra tierra, nuestra voz de
siempre. Versos octosílabos, rima asonante en los pares. Es el río que corre
libre bajo los sauces. Parece fácil, pero ¡ay!, que en su sencillez reside el
misterio.

Es la poesía que se siente antes de entenderse en los académicos
versos de Juan José Gallego, como el perfume de una flor que no vemos.
Al final, en el jardín de las sombras, el Haiku y el Verso Libre. Son
pinceladas en el agua. No hay muros de rima, no hay cadenas de metro.

Pero no se engañen: sin la técnica del viejo profesor, sin el poso de la lectura y la música, estos versos son solo palabras al viento, hojas secas que arrastra el otoño.

Es la dificultad de lo desnudo; donde no hay ropaje, cualquier herida es
visible. La poesía es, al cabo, un cuerpo de métrica que intenta apresar un alma de aire. Un empeño inútil, quizás, pero hermoso.

Mirad la cuartilla. Ved la luz que muere sobre la mesa. La pluma no tiene tinta, pero el verso… el verso flota todavía en el aire frío de la tarde. Es una nota que vibra, una sombra que pasa, un rastro de nube en el cristal.

La rima es el nudo; el sentimiento es el hilo de seda que se nos escapa
entre los dedos. Todo pasa, todo se olvida, pero queda siempre ese eco… ese eco leve, vago, que es lo único que nos salva del tiempo.

La poesía es, al cabo, un cuerpo de métrica que intenta apresar un alma
de aire. Mirad la cuartilla. La luz hiere el papel con una palidez de enferma. El tintero es de peltre; la pluma, de ave.

Todo es pequeño, todo es nimio, todo es eterno.

El verso no es la palabra, sino el hueco que deja la palabra al irse.

Es el beso que se siente sin labios, el suspiro que estremece la cortina
en la alcoba vacía. La rima es el nudo que ata el alma al mundo; sin ella, el
sentimiento volaría hacia la nada, como una nota que busca su arpa en el
rincón oscuro del olvido.

El profesor cierra el libro. Los alumnos se han ido. Pero en el aire, amigos, queda un temblor… un temblor de música que nadie ha escrito, pero que todos escuchamos.

La tarde cae, lenta y gris, sobre el patio de mi casa. Mis perros
dormitan, y yo noto entre mis pawlonias un eco de rimas, un temblor de voces que no quieren morir. Porque el verso, amigos, es ese suspiro que se queda vibrando en el aire cuando hay alguien que quiere escucharlo.

P.D. Creo que el Chivo de entonces estaría orgulloso de esta lección de
ahora. El viejo profesor, con su barbilla española y su mirada perdida en la
lluvia de los cristales, sonreiría al ver su pluma itálica defendiendo el romance y la memoria.

Porque al final, la rima es ese nudo necesario que evita que el sentimiento se nos escape hacia la nada, como una nota que busca su arpa en el rincón oscuro del olvido.

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