Envejecer sin darnos cuenta y morirse en un ratito

12 de abril de 2026
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Si piensa jubilarse en 2025 sepa que...
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SIN DARNOS CUENTA

Escuché al santo abad de Los Toldos Mamerto Menapace decir que llegar a viejo es una calamidad, así, con estas palabras. Porque a todos los viejos se les (nos) clava la impotencia de la enfermedad y ya se sabe que “infirmus” es al que le va faltando la firmeza y, además de un bastón, necesita un trípode para sujetarse a duras penas al resto de la vida.

La ancianidad es como quedarse ciego después de haber visto la luz: se precisa de un lazarillo, a ser posible menos pícaro que el de Tormes, que indique los caminos por donde se va al baño, que nos sostenga en la ducha y que nos saque a pasear por los jardines en los que ya no se encuentran primaveras.

Las neuronas que quedan hacen gimnasia para no aburrirse en las llanuras de la nada mientras el cuerpo reclama un sitio donde reposar el desgaste del alma. Los demás dicen al vernos, con fingida caridad, que “por ti no pasan los años”, pero pasan, como por todos, destrozando los huesos que apenas pueden doblar cinco esquinas sin buscar acomodo.

Séneca se anticipó a Jesucristo para animarnos con una frase valiente que él supo cumplir: ”La adversidad es ocasión de virtud”. Nada más adverso que el reverso de la juventud cuando de un salto se cruzaba una calle y, de una sola mirada, el amor en los ojos de enfrente te dejaba sin sueño.

Sin embargo, desde la fe, sentirse viejo es un tiempo de gracia para restablecer en la añoranza el orden de las horas que maltratamos, de soñar con los besos que no dimos y de pedir perdón por las ingratitudes acumuladas. La vejez, además de una decadencia imprecisa, es un tiempo al que pedimos a Dios que reponga los paraísos perdidos. También en la vejez Las pasiones se achican y los horizontes, a ratos, se transfiguran.

A un señor de irreconocibles virtudes y con algo más de ochenta años, que enredaba siempre en provecho propio, le pedí que usara el resto del tiempo en ponerse a bien con Dios, recordando la anotación de fray Luis de Granada: “Quisiera yo agora aparejarme para el día de la cuenta, que ya no debe estar lejos”. Lo tomó muy mal, pero antes de los seis meses se había muerto… Y no fue por el disgusto que le di aquel día.

MORIRSE EN UN RATITO

Atahualpa Yupanki dejó escrito a modo de plegaria “que la muerte es un ratito y nada más”… aunque hay ratitos que duran eternidades. Sabiendo que es irremediable, conviene entablar con la “dama del alba” una cercanía amistosa que nos ofrezca signos de advertencia y no nos tome tan de sorpresa la despedida.

Morir es quedarse sin espadas para seguir luchando porque se nos cayeron de aquellos brazos musculosos, capaces de levantar las sorpresas del mundo. Bendito coraje el reconocimiento de la debilidad en la última inteligencia que apenas levanta la mano para despedirse. El alma se abre paso fácilmente, aprovechándose de que el cuerpo ya no puede defenderse.

He sido testigo de diferentes agonías y, como intento aprender de cuanto me rodea hasta el final, pude descubrir caras de paz, entresijos de equivocaciones en la piel de la frente reflejados, ojos que reclamaban ausencias, lágrimas indefensas por los que se quedaban… En algunos semblantes he reconocido al Dios que da la mano y apaga para siempre las humanas inquietudes.

Doña Engracia, madre de un buen amigo, con la que pude desarrollar serenas confianzas, me susurró antes de morir que había perdido mucho tiempo en mantener supuestas dignidades y emblemas de familia importante:

-Ahora, con las jerarquías de lo inútil deshechas en la memoria, veo cómo se me acerca una luz que debió estar escondida hasta hoy para alumbrar la última conciencia de saber ciertamente la hija, la esposa, la madre, que de verdad he sido.

… Esperemos que se cumpla en nosotros la última seguridad de Heinrich Heine: “Dios me perdonará: es su oficio”.

1 Comment Responder

  1. Lúcida advertencia que nos viene de alguien que conoce muy bien de lo que habla. Leí una vez de un autor muy conocido » que la vida solo va en busca de la muerte» y está es la más fiel compañera. Ojalá consigamos que nuestra vida haya merecido la pena. Muchas gracias Duende.

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