El silencio adolescente se está convirtiendo en cifras que duelen. En 2024, 76 jóvenes de entre 15 y 19 años perdieron la vida por suicidio, una estadística que no se veía desde hace 25 años y que supera ampliamente los 59 casos de 2014. Hoy, el suicidio no es solo un número: es la primera causa externa de muerte entre los adolescentes, por delante de los accidentes de tráfico y solo detrás de los tumores. “Las cifras son muy preocupantes”, alerta José Antonio Luengo, psicólogo especializado en infancia y adolescencia. Detrás de cada estadística hay vidas interrumpidas, historias silenciadas y un recordatorio doloroso de que el bienestar emocional de nuestros jóvenes está en crisis.
El caso reciente de dos alumnas de 15 y 16 años halladas muertas en un parque de Jaén, junto a la niña de 14 años en Sevilla tras denunciar bullying, pone de relieve la magnitud de esta crisis. Los expertos coinciden en que, aunque la pandemia de la covid ha agravado el problema, la tendencia ya venía de años anteriores, según recoge El Mundo. “Los adolescentes experimentan niveles de tristeza, soledad y ansiedad mayores que los de generaciones anteriores”, explica Luengo, subrayando que no se trata de episodios aislados, sino de un fenómeno creciente.
El Instituto de Toxicología alerta también sobre el aumento de intentos de suicidio por ingesta de fármacos, especialmente en jóvenes de 11 a 15 años, casi un 20% de los casos. La Sociedad Española de Urgencias de Pediatría confirma un incremento de los ingresos por ideación suicida, trastornos de conducta alimentaria y sintomatología depresiva. “En los años subsiguientes a la pandemia, los menores de 19 años han sido los que más han requerido atención psiquiátrica”, detallan los especialistas, subrayando la urgencia de políticas preventivas.
La conducta suicida es compleja y multicausal. Alejandro de la Torre, psiquiatra de la Universidad Complutense, señala que la covid afectó la adquisición de habilidades sociales y la capacidad de resiliencia de los adolescentes. A esto se suma la “inmediatez” de este siglo, que genera niveles de estrés extremos, y la “happycracia”, la presión social de aparentar éxito y felicidad constante. El resultado es un escenario donde los jóvenes se sienten vulnerables, sobreexpuestos y con escasas herramientas para enfrentar la frustración.
La tecnología, que podría ser aliada, también presenta riesgos. “Los menores sustituyen canales de ayuda por un soporte sin cualidades humanas para calmar, serenar y enseñar independencia emocional”, alerta Alejandro Villena, psicólogo investigador. Las consultas a inteligencias artificiales sobre dolor y sufrimiento no solo son ineficaces, sino potencialmente peligrosas. Como añade de la Torre, “hay formas indirectas de llegar a la respuesta que uno quiere oír, pero son soluciones no supervisadas”, lo que expone a los jóvenes a riesgos mayores.
Si bien el suicidio sigue siendo mayoritariamente masculino, el aumento entre chicas es notable: en 2024 murieron 31 chicas frente a 45 chicos. Villena explica que “las chicas presentan casi el doble de malestar y el uso de las redes sociales les afecta más”. Luengo apunta que ambos géneros ahora acceden a información sobre suicidio sin supervisión profesional, intensificando el riesgo. De la Torre resalta que “no es que los varones no pidan ayuda, sino que estamos fallando a la hora de dársela”, evidenciando la necesidad de enfoques diferenciados según género.
Estas cifras y testimonios muestran que la crisis de salud mental adolescente es un fenómeno que requiere atención inmediata y planes de prevención efectivos. Como concluye Luengo: “Debemos pensar en cómo generar, diseñar, desarrollar y evaluar buenos planes de prevención de la conducta suicida y de promoción de buena salud mental en la infancia y adolescencia”. El desafío no es solo estadístico, sino ético: crear una sociedad capaz de sostener emocionalmente a sus jóvenes antes de que la soledad y la desesperanza se conviertan en tragedia.