La conmoción se ha apoderado de Villanueva de la Cañada tras el asesinato de David, un niño de 11 años apuñalado en el cuarto de baño del Centro Cultural La Despernada. El presunto agresor es Julio, un joven de 23 años con trastorno del espectro autista (TEA) que pertenecía al círculo de conocidos del menor. El ataque se produjo mientras la víctima asistía a clases de inglés; David recibió puñaladas en el cuello, espalda y tórax que le provocaron una parada cardiorrespiratoria irreversible.
La madre de la víctima ha roto su silencio en el programa En boca de todos, descartando que se tratara de un arrebato espontáneo. Según su testimonio, el joven estaba obsesionado con el menor: «David era un niño muy inclusivo, muy buena persona. Julio tenía algún tipo de discapacidad y David le había incluido en su grupo», ha explicado. Sin embargo, esta relación de ayuda se tornó en acoso, llegando la madre a pedir personalmente al agresor que dejase en paz a su hijo semanas antes del crimen.
El historial de comportamiento violento de Julio era conocido entre los vecinos de la zona. La madre de David ha relatado que el joven ya había «amenazado a otros niños» y les había «enseñado cuchillos» en ocasiones anteriores. Esta versión ha sido reforzada por la periodista Sonia Ferrer, residente de la zona, quien ha confirmado que el agresor buscaba a los menores cada domingo tras la misa para jugar, pero que la tensión era evidente: «Es verdad que llevaba un arma y que se la había enseñado varias veces».
Ante la vinculación del crimen con el trastorno del agresor, el exdefensor del menor Javier Urra ha querido matizar la relación entre el TEA y la violencia. Urra ha definido el caso como «una verdadera tragedia, posiblemente de un niño muy inclusivo que quería aceptar a otros», pero ha insistido en separar el autismo de la agresividad criminal. Ha recordado que, aunque estas personas pueden ser muy obsesivas, sus dificultades de socialización no implican necesariamente una intención de asesinar.
La investigación se centra ahora en determinar cómo el joven de 23 años pudo acceder al centro cultural con un arma blanca y por qué no se actuó ante las señales de alerta previas. Mientras el municipio intenta asimilar el golpe, las declaraciones de la familia dejan claro que no ven en el trastorno de Julio una justificación, sino el agravante de una conducta de acoso que David y sus amigos intentaron gestionar desde la tolerancia hasta que la situación se volvió fatal.