Morir de esa manera… Sin amor, sin fuente, sin limonero y sin palacio!!!

1 de marzo de 2026
3 minutos de lectura
Antonio Machado I EP

(En el aniversario de don Antonio Machado)

COLLIURE

En algún campanario de la profunda Castilla, de la dorada Andalucía o en las torres altas de los pechos más altos,  campanas habrán sonado en memoria de este poeta universal que murió el 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza era aquel año en Colliure  sin amor, sin fuente, sin limonero y sin palacio: el sevillano de Las Dueñas sostiene aún la madurez del azahar cuyo perfume aspiró don Antonio y hoy alimenta las esperanzas de España.

La guerra civil del 36 fue una persecución de hermanos que parecían extraños, enemigos más bien. Machado sentía la fraternidad como una revelación que debía trasmitir, nunca como fusil o como espada: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”… “Sed buenos y ni más; sed lo que he sido entre vosotros: alma”. Y un ser bueno de esa categoría sólo se puede encuadrar en el marco de una belleza  que estremezca, limpie y purifique los malos pasos de la sociedad. El poeta no puede estar sometido a los vaivenes de las ideologías porque el poema es un nido en la cuenca de la mano, acariciado y construido con el mismo empeño que los padres fabrican los hogares para que quepan todos sus hijos.

El poeta es un juez sin sangre en la palabra. De ahí que Machado, advirtiera  sobre la consecuencia de las dos Españas que terminarían, una y otra, helando el corazón de todos. En La tierra de Alvargonzález ya destacaba don Antonio el corazón cainita de los pueblos que acaba sembrando en “las tierras malditas” la ponzoña de las preferencias con los hijos y el desajuste de las familias cuando privan los intereses antes que la concordia… Alrededor de La Laguna Negra se desesperan todavía los cuervos insolentes aguardando el hacha de las venganzas.

…De Madrid a Valencia y de la ciudad de “finas torres” llevan al poeta a la frontera con parte de su familia y su madre, pequeña y ajena como una esperanza, que no cesa de preguntarle al hijo “Cuándo regresamos a Sevilla”.

En el coche caben todos encima unos de otros, menos  las cartas de Guiomar, testigos dulces de su desamparo, que ha de echarlas a la cuneta para que el aire limpie la tinta del abandono:

Tu poeta:
piensa en ti. La lejanía
es de limón y violeta,
verde el campo todavía.
Conmigo vienes Guiomar;
nos sorbe la serranía.

En Colliure nadie espera al poeta. El Hotel Buñol Quintana les acoge del desprecio y del olvido. Antes de llegar, don Antonio ha de sentarse un rato porque sus pulmones no reconocen el aire nuevo de la Francia vieja: “Lo que más echo en falta es el tabaco”… y pide un cigarrillo que enciende con el último fuego de la tristeza.

La dueña del hotel tiene preparada una habitación con dos camas separadas por una cortina. En una va a morir su madre; él, en la otra. Vasos de leche con galletas y sorbos de vino dulce en la gratitud con la que don Antonio ha sabido mirar toda su vida. De pronto, Leonor se hace espuma en la memoria. De Castilla llevó siempre un puñadito de tierra, tanto de Soria como de Segovia, de Baeza… la cajita es pequeña, del tamaño de una pitillera y, con ella en la mano, llama a la dueña del hotel:

-Mire, señora, es tierra de España, cuando muera quiero que me entierren con ella.

ESTOS DÍAS AZULES

De todos es conocido que a los pocos días de su muerte encontraron en el gabán desvencijado un verso largo que el poeta había escrito frente al mar, en su último paseo: “Estos días azules y este sol de mi infancia”.

Después de muchos análisis se ha sabido que los días azules hacían referencia, no al cielo ni al agua de una Andalucía perdida, sino el azul del traje que llevaba doña Pilar de Valderrama, Guiomar, el día que se conocieron:

No sabía
si era un limón amarillo
lo que tu mano tenía, 
o el hilo de un claro día, 
Guiomar, en dorado ovillo. 
Tu boca me sonreía.

Y ESTE SOL DE MI INFANCIA

Santa Teresa de Lisieux anotó en sus cuadernos de infancia que le acompañaron toda su vida las mañanas soleadas paseando con su padre entre silencios que apretaban su mano.

Don Antonio Machado sabe que va a morir y no quiere que le alcancen las sombras del olvido. Se estremece, sin embargo, sabiendo que volver a la infancia es como regresar a una Ítaca que no existe y en donde nadie le espera, salvo la necesidad de seguir buscando las inocencias que constituyeron el fracaso de no haber acertado.

Se pretende regresar a la infancia con el larvado deseo de empezar de nuevo, como Nicodemo, y creer, nuevamente, que los pájaros pueden volar en contra del viento.Se mira don Antonio a sus botas deformadas y comprende que ya es imposible caminar hacia otro sitio distinto al de la muerte. Y se resigna a morir de esa manera, sin amor, sin patio, sin limonero y sin palacio.

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