Todos los misterios que se guardaron en cajas, argumentando que no debieron conocerse por ser secretos de Estado y ahora abren los ojos, son fiables según la conveniencia de quien los devuelve a la luz y la conveniente manipulación que corresponda. Con el amor sucede casi lo mismo: aquel fuego que se vivió ya no es sino ceniza cuando se recuerda.
Los papeles misteriosos guardados en las cajas pueden resultar mentiras encuadernadas que no traducen el pálpito de la circunstancia que los motivó. La verdad también se esfuma entre las manecillas del tiempo. Cualquiera sabe si aquel pretendido golpe de estado del 23-F no pasó de ser un malentendido entre los que ya no soportaban los crímenes de ETA y los que esperaban un tiempo democrático para resolverlo.
El Rey, que acababa de superar el Paso de las Termópilas con la Transición, nunca pudo alentar una dictadura que le costó el trono a su abuelo Alfonso XIII por asumir la del general Primo de Rivera.
Muchos de los papeles guardados han aparecido, pero sufren la afonía del tiempo, el desencanto de lo inútil.