Solo vivió cincuenta y dos años. Durante tres décadas tuvo una verdadera acción en lo militar y naval. Alcanzó los máximos honores en la Armada, pero su mejor hazaña la constituyó la victoria sobre la imponente flota inglesa en 1741. Aquella defensa de Cartagena de Indias es considerada por los analistas en la materia como la obra cumbre de la estrategia naval española. Su planificación y ejecución desbarataron a fuerzas que triplicaban a las suyas en poco tiempo. Su desenlace permitió la preservación de la integridad del imperio y la continuidad del legado cultural de España en América, decidiendo el destino del Atlántico frente a la ambición británica.
Su periplo heroico comenzó desde temprana edad. Desde su Guipúzcoa natal, se lanzó al mar para alistarse en las filas de la Armada Real. De allí a Tolón, a Málaga y a Barcelona, su cuerpo fue un mapa de cicatrices ganadas en combate: perdió una pierna, un ojo y la movilidad de un brazo, pero nunca la lucidez ni el coraje. Después de muchas vicisitudes, emprendió la defensa más desigual de la historia, donde alcanzó sendas victorias que hoy son estudiadas en las academias militares como ejemplos de resistencia y fe en la victoria a pesar de la adversidad más extrema.
Fue un hombre de virtudes que supo actuar bajo las órdenes del Rey, pero con un criterio propio nacido del conocimiento del mar y del hombre. Las intrigas y la falta de apoyo de los altos mandos lo ponían a menudo en aprietos; sin embargo, su don estratégico y su profunda lealtad le permitían salir de los momentos más azarosos con dignidad. Lamentablemente, su sacrificio no fue recompensado en vida con los honores que merecía, falleciendo en la humildad de la ciudad que salvó, víctima de las heridas de guerra, pero dejando un legado incólume que hoy, en pleno 2026, reivindicamos como parte esencial de nuestro orgullo y linaje.
Al conmemorarse un nuevo aniversario de su gesta, los españoles debemos aprender y practicar su ejemplo de lealtad, desprendimiento de lo material y su benignidad para tratar a los adversarios, incluso en los instantes más cruciales para el destino de la patria. Blas de Lezo no es solo un nombre en los libros de historia; es el recordatorio de que la voluntad de un solo hombre, cuando está imbuida de honor y patriotismo, puede cambiar el rumbo de los tiempos. Que su memoria sirva para que las nuevas generaciones reconozcan que somos herederos de una casta que no se rinde y que sabe proteger sus valores con la misma firmeza que él protegió nuestras costas.
«No hay árbol recio ni consistente sino aquel que el viento azota con frecuencia.» — Séneca.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario