Cada ciclo vital debe estar urgido y asentado por estímulos que favorezcan el entusiasmo. En ocasiones no se trata de cansancios como desembocaduras de edad, sino por desencantos y falta de esperanza que pueden surgir en cualquier etapa de la vida, ajenos a diferentes patología incontroladas.
Destaco hoy la figura de Stefan Zweig que, desde el sentir judío, orientó su credo hacia una vocación de humanismo y una “religión de amistad”. Con la decisión de suicidarse nos privó de una obra literaria destacadísima. Los estudiosos de semejante postura convergen en que el triunfo de los nazis en Alemania desorientó a Zweig hacia un estado de melancolía que, unido a las decepciones ya sufridas ante la abulia del mundo, le llevaron a la despedida.
Sigo empeñado en el reconocimiento de un Bien Superior que dé sentido, si no con razones sí razonablemente, a una lucha por superar las diferentes decadencias que vienen con los años o con las circunstancias. No podemos, como Ganivet, arrojarnos a las congeladas aguas del Dwina por esta coyuntura social incomprensible, por este desvarío.