Muéstrame tu justicia justa y Dios te mostrará clemencia

30 de enero de 2026
2 minutos de lectura

“Justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho.” (Ulpiano)

En la densa arquitectura de ritualismos y el intrincado tejido de protocolos del foro judicial, donde se ventilan las pasiones más oscuras y se deciden asuntos sagrados como la libertad y la dignidad, surge una interrogante necesaria que debe sacudir los cimientos de cada tribunal: ¿dónde ha quedado la justicia justa? No hablo de esa justicia de oficina, gélida y procedimental, que se limita a despachar expedientes con la urgencia del que se quita un peso de encima para engrosar frías estadísticas de productividad. Me refiero a la justicia que emana del respeto absoluto por la verdad y por la prueba, esa que no se deja contaminar por el capricho personal, la soberbia de la toga o la indolencia profesional que termina por deshumanizar al justiciable.

Es alarmante observar cómo el estrado se convierte, con frecuencia, en un escenario de altivez donde se confunde la autoridad con la omnipotencia. Detrás de cada folio, de cada sentencia firmada con ligereza, hay una vida humana, una familia destrozada y un destino que pende de un hilo. Cuando quien tiene el encargo social de juzgar se aleja deliberadamente de la sana crítica y desprecia las leyes inviolables de la lógica en favor de una jactancia vacía, despoja al derecho de su alma y lo convierte en un arma de opresión. La justicia, para ser tal, debe ser justa en su esencia, en su motivación y en su impacto social; no puede haber equidad allí donde el juez se siente un dios terrenal con licencia para el error voluntario, olvidando que su responsabilidad no termina en la firma, sino que trasciende hasta el juicio de la historia y de lo eterno.

“El que juzga a los demás, debe estar preparado para ser juzgado con la misma medida, pues no hay mayor injusticia que la del que usa la ley para alimentar su propio orgullo.” (San Gregorio Magno)

“¡Ay de aquellos que llaman al mal bien y al bien mal, que convierten la amargura en dulzura y la justicia en un veneno para el inocente y para el desvalido!” (San Ambrosio de Milán)

Para aquellos que hoy, investidos de una autoridad que debería ser sagrada, sacrifican la inocencia o la verdad en el altar de su propia arrogancia o de sus prejuicios, existe una sentencia moral que no conoce apelación ni amparo: «Muéstrame tu justicia justa y Dios te mostrará clemencia». Esta es una ley espiritual ineludible que ningún código procesal puede derogar. Quien no es capaz de impartir una justicia impregnada de rectitud, de objetividad y de un temor reverencial por las consecuencias de sus actos, no puede esperar que, en el momento de su propio juicio ante el Creador, la balanza se incline hacia la misericordia. La clemencia divina es el reflejo exacto de la piedad y la justicia que hayamos sido capaces de otorgar a nuestros semejantes a través de actos rectos y decisiones probas.

Es imperativo regresar a la humildad del buscador de la verdad, a ese estándar donde la lex artis y los conocimientos científicos guían la mano de quien juzga. La justicia justa es aquella que prefiere la absolución de un culpable antes que la condena de un inocente basada en el capricho o en la pereza intelectual. La verdadera grandeza de un jurista no reside en la altura física de su estrado ni en la pompa de sus ceremonias, sino en la rectitud inquebrantable con la que se actúa día tras día. Solo aquel que camina por la senda de la justicia auténtica, aquel que no dobla su criterio ante la vanidad ni ante las presiones de la estadística, podrá presentarse ante el tribunal del tiempo con la frente en alto, reclamando para sí la misma clemencia que supo sembrar en su ejercicio profesional.

“Temed el juicio de Dios, donde no valdrán las dignidades, ni los altos cargos, ni los títulos académicos, sino la pureza con la que trataste al prójimo en el ejercicio de tu poder.” (San Bernardo de Claraval)

Doctor Crisanto Gregorio León, university professor

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