El badwill y el aura gris de la institución

28 de enero de 2026
1 minuto de lectura
Hemiciclo del Congreso durante un pleno extraordinario I EP

La devaluación ética en la gestión pública

“Cuando el carácter de un hombre no es claro, mira a sus amigos. — Proverbio Japonés

En el complejo mundo corporativo y contable, se conceptualiza el Goodwill como ese activo intangible, pero invaluable, que representa el buen nombre, la reputación y la confianza que una organización ha labrado a través del tiempo. Es el valor del prestigio. Sin embargo, en la acera opuesta de la ética institucional, emerge su contraparte siniestra: el Badwill. Este fenómeno no es una simple ausencia de éxito; es la irradiación de un «aura gris» que envuelve a aquellas instituciones donde la gestión ha sido secuestrada por la mediocridad, la opacidad o la franca devaluación de sus principios fundacionales.

El Badwill no se manifiesta únicamente en balances financieros deficitarios. Su verdadera gravedad reside en la erosión moral de sus integrantes y en el desprecio creciente de una ciudadanía que, al no sentirse representada ni servida, termina por distanciarse de la institucionalidad. Se observa con legítima preocupación cómo este «mal prestigio» se inocula en nuestras estructuras fundamentales. Ocurre cuando el mérito es desplazado por la lealtad ciega al interés grupal o particular, transformando las oficinas públicas en feudos personales donde la ley se interpreta según la conveniencia del regente de turno.

Esa aura gris que mencionamos es la evidencia empírica de una carencia absoluta de compromiso con la excelencia y, lo que es más grave, de una desconexión total con los valores trascendentales del servicio. Una organización que padece esta anemia ética termina contagiando a todo su entorno, creando una suerte de cultura de la ilegalidad donde se normaliza lo que, bajo cualquier estándar de hidalguía, debería ser motivo de sanción y vergüenza. La mediocridad, cuando se institucionaliza, se convierte en un lastre que impide el progreso de cualquier nación.

Es, por tanto, imperativo rescatar la hidalguía en la función pública. El prestigio de una entidad no se decreta mediante una resolución administrativa, ni se compra con campañas de imagen vacías; se construye, ladrillo a ladrillo, con la coherencia innegociable entre el discurso y la práctica cotidiana. El Badwill es una patología social que solo se combate con transparencia radical, con el retorno estricto a la legalidad y con el coraje civil de quienes no temen señalar la desviación. No debemos permitir que la oscuridad de la ineficiencia sea el sello de nuestras instituciones. Es el momento de devolverles la luz y el lustre que solo la probidad, el conocimiento técnico y la integridad pueden otorgar a la gestión de lo público.

“La integridad no tiene necesidad de reglas.” — Albert Camus

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