La hoja de ruta para la posguerra en la Franja de Gaza empieza a tomar forma con la creación de una Junta de Paz que aspira a supervisar las próximas fases del alto el fuego y el proceso de reconstrucción. El anuncio, realizado por la Administración de Donald Trump, dibuja un órgano de alto perfil político y económico, en el que se combinarán diplomacia, estrategia internacional y capacidad financiera para afrontar uno de los conflictos más complejos del escenario global.
Entre los nombres más destacados figura el ex primer ministro británico Tony Blair, una figura habitual en iniciativas internacionales de mediación y reconstrucción. Junto a él, se integran varios miembros clave del entorno de Trump, como el secretario de Estado Marco Rubio, el enviado especial Steve Witkoff, y Jared Kushner, yerno del expresidente y uno de los arquitectos de anteriores iniciativas diplomáticas en Oriente Próximo.
Según el comunicado oficial, la Junta de Paz tendrá un papel esencial en la aplicación de los veinte puntos del plan presidencial, ejerciendo funciones de supervisión estratégica, coordinación internacional y garantía de rendición de cuentas. El objetivo declarado es acompañar a Gaza en su tránsito “del conflicto a la paz y al desarrollo”, una formulación que apunta no solo a la seguridad inmediata, sino a la estabilidad a largo plazo.
La estructura del organismo se ha diseñado como una junta ejecutiva fundadora, integrada por perfiles con experiencia en diplomacia, gobernanza y política exterior. Cada miembro asumirá responsabilidades concretas, evitando una dirección difusa y apostando por una gestión sectorializada del proceso.
Uno de los rasgos más llamativos de la iniciativa es la presencia destacada de líderes empresariales. Figuras como el multimillonario estadounidense Marc Rowan o el empresario indio-estadounidense Ajay Banga reflejan la voluntad de situar la inversión y la financiación en el centro del proyecto. No se trata solo de reconstruir infraestructuras dañadas, sino de sentar las bases de un modelo económico viable que atraiga capital internacional.
Cada uno de los integrantes supervisará una cartera clave: desde gobernanza y relaciones regionales hasta reconstrucción, financiación a gran escala y movilización de recursos privados. La idea es combinar la acción política con la eficiencia del sector privado, un enfoque que genera expectativas, pero también interrogantes sobre el equilibrio entre intereses humanitarios y económicos.
La creación de esta Junta de Paz llega en un contexto de enorme fragilidad en la región y bajo la mirada atenta de la comunidad internacional. Sus defensores subrayan que, sin un plan ambicioso y bien financiado, cualquier alto el fuego corre el riesgo de ser solo temporal. Sus críticos, en cambio, advierten del peso excesivo de actores externos en el futuro de Gaza.
En cualquier caso, la iniciativa marca un nuevo intento de articular la posguerra desde una lógica global, donde la paz no se entiende solo como ausencia de violencia, sino como un proceso sostenido de desarrollo, inversión y gobernanza.