San Juan de la Cruz: El poeta más alto, el santo más admirable. Capítulo 4

1 de septiembre de 2024
1 minuto de lectura
San Juan de la Cruz I Fuente: ARTIFICIS

(Quedéme y olvidéme;

el rostro recliné sobre el Amado,

desó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado

San Juan de la Cruz)

La señora de la mano limpia

Custodiando sus intimidades, las verdaderas almas de Dios van por la vida con memoria de cielo. Una agonía pequeña las consume de progreso y cualquier tiempo pasado pierde valor por las ansias. De ahí que Fray Juan tardara en contar cuarenta años esta aventura que vivió –posiblemente en Fontiveros —como milagro nunca reconocido por él, aunque así lo refieran dos testigos de su palabra: fray Martín de la Asunción y el padre Luis de San Ángel.

En Castilla hay muchas lagunas cenagosas donde juegan los niños, como Juan y sus amigos, a lanzar a modo de flechas varitas de junco o de mimbre que el agua recibe y luego vomita entre inocentes apuestas de ver quién tuvo más fuerza, quién llegó más lejos.

Parece que ya apuntaba a la distancia desde el principio: tendrá que mojarse si quiere recuperar su mimbre. Es el ganador. Pero al avanzar pierde el equilibrio y la espesura del barro le atrapa fácilmente: mientras más lucha por salir, más grande es la huella hacia lo hondo. Asustados, sus compañeros de juego piden ayuda mientras Juan, extrañamente quieto, contempla la imagen de una Señora que le ofrece el socorro de su mano limpia y que él no se la quiere dar por no ensuciársela.

Un labrador, seguramente el padre de alguno de los  chicos, vuelve de faenar con sus aperos de labranza y en seguida auxilia, valiéndose de la aguijada, a quien luego templaría mejor que nadie el ahogo de la vida hasta llegar a la paz que da el Amado. Ahora tiene cinco años y el peligro es, también, un niño.

El tiempo es la mejor manera de ver las cosas sin el aprieto de la emoción. Tuvieron que pasar cuarenta años para que fray Juan se atreviera a revelarnos aquella disciplina que iba a domesticar la elegancia de toda su vida: preferirá morir cien veces antes que hacer daño. Ni siquiera el mínimo daño de manchar con la mano propia la mano de los otros.

¿Dónde estará aquella laguna del primer despojo? Nadie ha podido señalar el sitio donde comenzaron en el hombre temprano sus delicadezas. Probablemente los primeros gestos sean, como las primeras miradas, una inconsciencia. Pero el hecho de que nadie pueda responder quizá sea una señal para que nos miremos hacia dentro en busca del agua y de la mano, del ahogo y la finura de permitirlo con tal de no manchar. Al fin, este señorío tiene siempre el premio de una agujada salvadora.

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