Vulnerabilidad y territorio: la geografía como sentencia en un país sísmico

17 de julio de 2026
3 minutos de lectura
Imagen de archivo de un edificio derrumbado en La Guaira, Venezuela, por los terremotos. | EP
«La tierra no es un escenario inerte donde transcurre la existencia, sino un organismo dinámico cuyos movimientos nos recuerdan, con severidad, nuestra posición de huéspedes precarios en el mundo.» — Alexander von Humboldt

La reciente catástrofe que ha impactado diversas regiones de Venezuela tras los sismos simultáneos de junio de 2026 obliga a una relectura urgente de la relación entre el desarrollo urbano y la realidad geológica del país. Al observar cómo infraestructuras que conectan zonas estratégicas, como el eje andino, el área metropolitana de Caracas y los sectores costeros de La Guaira, han sucumbido ante el impacto, se hace evidente que el problema trasciende la fatalidad del evento natural. La vulnerabilidad de las vías de comunicación, la fragilidad de las viviendas levantadas en suelos no aptos y la desatención histórica hacia la ingeniería de suelos constituyen los elementos que convierten un fenómeno sísmico inevitable en una crisis de dimensiones humanitarias incalculables. Esta perspectiva obliga a trascender el lamento para abordar la necesidad de una reingeniería profunda en la concepción del territorio nacional.

Históricamente, la planificación del desarrollo ha ignorado las advertencias de la geomorfología, favoreciendo un crecimiento habitacional hacia zonas de alta inestabilidad. Las lecciones de pasados desastres en cuencas como la del río Mocotíes o las laderas de Vargas son, lamentablemente, precedentes que no fueron integrados de manera efectiva en la normativa vigente. La trazabilidad de la negligencia técnica se refleja hoy en el colapso de puentes, el deslizamiento de taludes y la fragmentación de la red vial, que impiden la llegada de auxilio en momentos críticos. Es necesario reconocer que la planificación no debe ser una actividad burocrática, sino un ejercicio de previsión científica que sitúe la seguridad estructural como el eje innegociable de toda inversión pública, evitando que la expansión demográfica continúe siendo un factor de riesgo añadido ante cualquier eventualidad sísmica.

El impacto sobre las vías de comunicación y la logística de transporte demuestra una desconexión crítica entre el mantenimiento preventivo y la realidad climática y geológica del país. La inestabilidad de las carreteras, que en tiempos de lluvia ya presentaban señales de alarma, se ha exacerbado bajo los eventos telúricos, dejando comunidades enteras aisladas y sin posibilidades de evacuación o suministro de bienes esenciales. La funcionalidad de la infraestructura vial es el pulmón de la economía y la supervivencia ciudadana; por tanto, su deterioro continuo, provocado por la ausencia de inversiones estructurales, se traduce en una sentencia de muerte para miles de personas cuando la tierra decide moverse. Este diagnóstico exige una auditoría técnica inmediata de los sistemas de transporte para garantizar que no se sigan comprometiendo vidas por la inacción estatal.

En el ámbito de la vivienda, la precariedad de las construcciones en zonas de alto riesgo de deslizamiento es el reflejo de una profunda brecha en la política de ordenamiento territorial. La falta de una regulación estricta, o la permisividad frente a invasiones y desarrollos no controlados en cuencas hidrográficas y laderas inestables, ha multiplicado las víctimas en esta tragedia. Resulta imprescindible instituir un marco legal que no solo prohíba la edificación en terrenos altamente susceptibles, sino que promueva un reordenamiento urbano fundamentado en estudios geológicos rigurosos. La vivienda no puede seguir siendo un objeto de improvisación política, sino un derecho que debe garantizarse sobre terrenos que cumplan con la seguridad mínima exigida para un país que, por su ubicación tectónica, está destinado a enfrentar eventos telúricos recurrentes.

Más allá de la reconstrucción inmediata, la mirada debe enfocarse en la creación de sistemas de resiliencia territorial que involucren a la academia, a los expertos en geotecnia y a la ciudadanía. La cultura de la prevención no se construye con discursos, sino con la formación de una sociedad capaz de comprender los riesgos de su entorno. La universidad, como centro de pensamiento crítico, tiene la responsabilidad de liderar el diseño de un nuevo paradigma de convivencia con el territorio, donde la transparencia en la ejecución de obras públicas y el rigor en las normas sismorresistentes sean los pilares de la reconstrucción. Solo a través de una gestión basada en la ciencia, alejada de la inmediatez política, será posible mitigar el impacto de las futuras catástrofes que, por la naturaleza de nuestra geografía, son una certeza estadística.

En conclusión, la tragedia actual debe constituir el catalizador de una transformación radical en cómo se habita el territorio. No basta con la reconstrucción física si no se aborda el problema de fondo: la desarticulación entre la realidad geográfica y la gestión pública. El desafío consiste en transformar la fragilidad actual en una fortaleza institucional que priorice la vida sobre la conveniencia, y la previsión sobre la improvisación. La historia de los desastres en el país es una crónica de avisos ignorados que ya no permiten más dilaciones. Al reconstruir, es imperativo diseñar un futuro donde el desarrollo humano avance en armonía con los límites impuestos por la naturaleza, asegurando que la próxima generación no tenga que enfrentar las consecuencias de las negligencias que hoy, con inmensurable dolor, estamos obligados a corregir.

«La arquitectura de nuestras ciudades debe ser el reflejo de nuestra sabiduría ante las fuerzas de la tierra, no el monumento a nuestra ceguera técnica.» — Lewis Mumford.

Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario

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