Desde que existen programas de televisión en los que se desnuda, previo pago, la intimidad de los solicitados, han dejado de tener importancia la espesura de los visillos detrás de las ventanas.
Doña María Domínguez vivía en Veraluz frente a mi casa. A quien quiso oírla repetía que la vida sin fisgoneo era tan aburrida como el sermón del cura los domingos. Por eso, aceleraba las tareas domésticas para agrandar las horas que le permitían colocarse en su mesa camilla junto a la ventana y, sujetando levemente el borde de los visillos, atesorar en su memoria qué vestido para una boda llevaba la hija de don Ricardo, el boticario, o cómo se peinó aquel día la señora Emilia, que casi siempre iba con delantal a por harina para los churros.
Doña María tenía a disposición del pueblo una bandeja de chismes que, como pestiños de Semana Santa, horneaba en la candela de su pensamiento. El 12 de diciembre le robaron la burra al tío Nicolás y doña María supo en seguida dónde la habían escondido: a los pocos días también supo quién la había robado.