Sólo atreverse a opinar en el variopinto mundo del feminismo supone una travesía con parecidos resultados al de San Sebastián en su martirio de flechas. Al crear el Ministerio de Igualdad ya comienza la perversión del lenguaje y el callejón de la duda. Los seres humanos no somos iguales ni lo seremos nunca, aunque sí seamos sujetos todos de derechos y deberes que, a mi parecer, son los únicos argumentos defendibles en esta conjura endiablada. La dignidad nos iguala en las diferentes particularidades de cada sexo o condición.
Ni siquiera en el Día Internacional de la Mujer, nuestras mujeres feministas aspiran a coincidir en su pretendida igualdad. El lema de la manifestación oficial, que recorrerá Gran Vía hasta Plaza de España, es “ni veladas ni explotadas ni prostituidas”. El que abanderan las oficiosas reza así: “feministas antifascistas. Somos más” y partirán de Atocha hasta donde lleguen. Estos dos radiales no son un buen reclamo para defender en lo que ellas mismas, al parecer, no creen.
Un suavón sevillano, hablando de la igualdad, se me quejaba ayer de que a él nunca le dejaron ser Fallero Mayor en Valencia.
Pedro Villarejo