¡Vengan a mí, mis Marías!

3 de septiembre de 2026
3 minutos de lectura

Ustedes saben que lo han hecho mal

Se abre el telón de la sombra,
donde la luz se ha perdido,
donde la infamia se nombra
y el inocente es vencido.
Hoy canto el drama copioso
de un hombre que fue borrado,
por un complot silencioso
que la maldad ha orquestado.

No fue justicia el dictamen,
fue una colusión de fieras,
un frío y oscuro examen
de conciencias prisioneras.
Se unieron en el corrillo
voces de astucia vestidas:
la que encendió el falso brillo,
las que firmaron heridas.

Se sumó el uniforme vil
que con informes falsados,
armó el libreto sutil
de los hechos inventados.
Y en el estrado imponente,
con la toga por bandera,
la ley se mostró clemente
solo con la trampa afuera.

Fue una ciega competencia,
un juego de vanidades:
«Ganamos la sentencia»,
gritaron las falsedades.
Ocultaron las pruebas puras,
los destellos de inocencia,
prefiriendo las oscuras
redes de la connivencia.

¡Qué importa el derecho humano
si el orgullo sale ileso!
Dijo el tribunal profano
al dejar al padre preso.
Tres niñas lloran la ausencia
de aquel roble con heridas,
mientras se extingue su esencia
lejos de sus tres pupilas.

Como en la piel del engaño
que al deseo le cobra el precio,
cada día y cada año
se encoge con el desprecio.
Su cuerpo, que ya cargaba
cicatrices del camino,
hoy ve cómo se le acaba
la vida en este destino.

Qué paradoja tan fiera
lleva el eco de este día,
que en la celda prisionera
se repita el nombre «María».
El nombre que alivia el llanto,
el que es refugio y clemencia,
se vistió de oscuro manto
para dictar la sentencia.

Se repite en el banquillo,
en la denuncia falsada,
y en el juez que con su brillo
dejó la ley destrozada.
Un tribunal de Marías
que de piedad no supieron,
y en sus frías teologías
al hombre justo vendieron.

No es ignorancia su falta,
no es la torpeza su guía;
es una inteligencia alta
puesta al servicio del día
donde el rencor se calcula,
donde el derecho se tuerce,
y la mentira especula
mientras el mando se ejerce.

Como una parra que trepa
por las grietas del juzgado,
sin que la víctima sepa
cómo la van enredando,
se entrelazaron las ramas
de la denuncia y el mito,
asfixiando con sus tramas
la libertad del proscrito.

Buscaban el vil billete,
el verde precio extranjero,
convirtiendo el cubilete
en un burdo mercadero.
No les bastaba el agravio
ni ver al justo sufriente,
pues el cobro más insabio
exigían de frente.

Tasaron la libertad
en divisas de otra tierra,
vaya sucia mezquindad
la que su ambición encierra.
La balanza fue mostrador,
el estrado una subasta,
donde el llanto del deudor
dice que nunca les basta.

Como Judas y sus platas
en el huerto del traidor,
venden leyes insensatas
por el fajo del valor.
Pidieron sumas extrañas,
papel verde que codician,
ocultando en sus entrañas
el lodo con que se envician.

Se trenzaron en alianza,
sororidad del agravio,
donde no cupo templanza
ni el consejo del más sabio.
Un pacto insano y protervo
por llevar el mismo nombre,
cómplices del yugo siervo
para sepultar al hombre.

Una red de género y saña,
falsa unión que las ampara,
donde la mentira teje
su complicidad más rara.
Gritan hermandad afuera
mientras destruyen por dentro,
la verdad de una madera
que hoy padece en el encuentro.

Creen que el triunfo es eterno,
que el retrato no envejece,
pero el círculo interno
del averno ya florece.
Allí donde Dante vio
el cartel de la amargura,
la puerta que se ofreció
a la eterna sepultura.

«Dejad toda la esperanza»,
les grita el eco del viento,
pues no habrá más alabanza
cuando llegue el escarmiento.
En el noveno recinto
donde el hielo nunca cesa,
Luzbel con voz de jacinto
les cobra la baja empresa.

Satanás, el Rey del Averno,
el Ángel Caído que impera,
ríe con rictus de fuego
esperando a la quimera.
«¡Vengan a mí, mis Marías!»,
brama el monstruo en su guarida,
«las que vendieron los días
de una inocencia perdida.

Estoy de su obra saciado,
vuestro complot fue perverso,
el tribunal del pecado
ya tiene el sitio directo.
Aquí en el hielo que quema,
donde el traidor se congela,
vuestra ambición y diadema
será perpetua secuela.

Han perdido ya sus almas
en el trueque del abismo,
no habrá coronas ni palmas
sino el dolor de sí mismo.
Sufriendo la laceración
de un castigo interminable,
sin tregua ni compasión
para el acto condenable.

Es un fuego repetido,
cíclico error que las quema,
un tormento redoblado
que se vuelve su anatema.
Las quema una y otra vez,
y en la ceniza maldita
las vuelve a quemar la ley
que en mi reino resucita.

Sentirán el propio espanto,
el terror que al justo dieron,
multiplicado en el llanto
de las niñas que perdieron.
Yo soy el dueño del oro,
del billete que pedían,
y ahora cobro el tesoro
de las almas que mentían».

Escuchen bien en su gloria,
mientras celebran la saña,
un susurro en su memoria
que las persigue y las daña.
Como al césar victorioso
le advertían el final,
un esclavo silencioso
les repite su sitial:

«Memento mori», mujeres,
recuerden que son mortales,
que se acaban los placeres
y los pactos criminales.
La carne se vuelve tierra,
el poder se desvanece,
y el abismo que las encierra
en la sombra permanece.

Allanaron sus sentidos,
burlaron toda piedad,
dejando días perdidos
en nombre de la crueldad.
Pero el tiempo no se calla,
la verdad mantiene el brote:
detrás de aquella muralla
muere un hombre sin reproche.

Sepan bien las que orquestaron
este abismo tan letal,
las que al justo encadenaron:
¡Ustedes saben que lo han hecho mal!

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario 

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