Polonio: Aunque esto sea una locura, hay método en ella
Hamlet, Segundo Acto, escena segunda
William Shakespeare, circa 1600
A la hora de escribir sobre los impuestos a la importación anunciados por el presidente Donald J. Trump en el Día de la Liberación, un buen ejercicio puede ser partir de las reacciones de dos economistas. Uno de ellos es Paul Krugman y otro es Yanis Varoufakis, el premio Nobel norteamericano, y el profesor de Economía de la Universidad de Atenas y exministro de Finanzas, respectivamente.
Krugman, nada más ver la cifra plana del 10% para casi todos los países y la graduación importante hacía arriba para una selección de ellos, escribió en su columna de Substack: «Trump se vuelve loco con el comercio. El `Día de la Liberación´ es peor de lo que se esperaba».
Con acierto, explicó que, por ejemplo, el cuadro exhibido por Trump en el jardín de la Casa Blanca pone que los impuestos (tarifas) aplicados actualmente por la Unión Europa a la importación de productos norteamericanos, ( “incluyendo manipulación de moneda y barreras comerciales”) es del 39%.
“No tengo ni idea de dónde viene este 39%. Incluso si se han equivocado incorporando el IVA, que es el 20%, no llegas nunca al 39%”, apunta.
Según Krugman, “Trump no tiene realmente interés en alcanzar objetivos económicos, sino en hacer un despliegue de poder, un intento de meter conmoción y pavor (shock and awe) arrastrar a la gente, antes que formular una política en su acepción normal”.
“Cuando el destino -enfatiza- de la economía mundial está en juego, la maligna estupidez del proceso político es discutible tanto como las políticas enunciadas. ¿Cómo puede cualquiera, sea gente de negocios o gobiernos extranjeros, confiar en alguien de esta administración que se comporta así?”
Yanis Varoufakis, que desde la izquierda ataca el plan, cree que gente como Scott Bessent, secretario del Tesoro, y Stephen Stephen Miran, el joven presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, tienen un plan sólido, con independencia de cual vaya a ser su resultado final.
“Un elemento central de este nuevo orden global sería un dólar más barato que se mantuviera como moneda de reserva mundial; esto reduciría aún más los tipos de interés a largo plazo de Estados Unidos”, escribe.
Ahora bien, Trump necesita apuesta por un dólar hegemónico y bonos del Tesoro estadounidense de bajo rendimiento. Y al tiempo un dólar depreciado para exportar más.
Varoufakis: “Sabe que los mercados nunca lo conseguirán por sí solos. Solo los bancos centrales extranjeros pueden hacerlo por él. Pero para aceptarlo, primero necesitan ser inducidos a actuar. Y ahí es donde entran en juego sus aranceles”.
Economistas especializados en comercio internacional y política industrial, como Dani Rodrik, de Harvard, creen, en cambio, que Trump piensa precisamente que las tarifas lo pueden todo.
“Y las tarifas son útiles pero en un proyecto nacional de largo plazo para la industria y pueden aportar una protección temporal. Si se supone que por sí mismas van a reducir el déficit comercial, crear empleos, reindustrializar, mantener la hegemonia tecnológica de Estados Unidos y la del dólar como moneda de reserva, van a conseguirlo carece completamente de sentido”
Precisamente es lo que ataca Varoufakis: “Esto es lo que sus críticos no comprenden. Creen erróneamente que él confía en que sus aranceles reducirán el déficit comercial por sí solos. Él sabe que no lo harán. Su utilidad reside en su capacidad para inducir a los bancos centrales extranjeros a reducir los tipos de interés internos. En consecuencia, el euro, el yen y el renminbi se debilitarán frente al dólar. Esto compensará las subidas de precios de los bienes importados a EE.UU y no afectará los precios que pagan los consumidores estadounidenses.”
En este esquema serían los países castigados ahora con los nuevos impuestos los que pagarán los aranceles de Trump. No los consumidores.
“Pero los aranceles”, dice Varoufakis, “son solo la primera fase de su plan maestro. Con aranceles elevados como nueva norma y con la acumulación de dinero extranjero en el Tesoro, Trump puede esperar el momento oportuno mientras amigos y enemigos en Europa y Asia claman por dialogar. Es entonces cuando entra en juego la segunda fase del plan de Trump: la gran negociación”.
¿Para qué?
Para que aprecien sus monedas sustancialmente sin desprenderse de sus reservas acumuladas de dólares. Sin precipitar una crisis del dólar.
Golpe teórico Alemania y a la UE
El folleto distribuido por la Casa Blanca es astuto y supone una dramática lección para Alemania, el faro de la política económica de la UE. Aunque su modelo ha entrado en crisis antes de la llegada de Trump, el documento pone de relieve la base de esa crisis.
“Países como China, Alemania, Japón y Corea del Sur han implementado políticas que suprimen el poder de consumo interno de sus ciudadanos para impulsar artificialmente la competitividad de sus productos de exportación. Dichas políticas incluyen sistemas tributarios regresivos, sanciones bajas o inexistentes por degradación ambiental y políticas destinadas a reducir los salarios de los trabajadores en relación con la productividad”.
Y esta ha sido la base del cuantioso superávit de la cuenta corriente de la balanza de pagos de Alemania.
EE.UU, presenta un déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos de 1,13 billones de dólares americanos (subida de 228.200 millones de dólares en 2024), casi un 4 por ciento del Producto Interior Bruto, y una deuda pública que supera los 34,7 billones de dólares o un 124% de su PIB (24,3 billones de dólares).
Estamos en el final de la escapada.
Si la guerra comercial desencadenada por Trump podrá reconducir la situación o no se ya se verá.
Pero, loco o cuerdo, con un nuevo acuerdo como el del Hotel Plaza de 1985 para depreciar el dólar en un momento de de esta guerra, o no, la situación del capitalismo americano es difícilmente sostenible.