¿Tiene dueño el amor?

2 de febrero de 2026
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Ortega y Gasset considera que el amor se compone de simpatía mutua, fidelidad, adhesión, estima y benevolencia recíprocas

La vida en pareja, en uniones libres o en matrimonio, es una apuesta moral, un compromiso con un tipo de código que persigue hacer más perdurable el lazo; pero este lazo debe ser afectivo o no es. La vida en pareja es la aceptación de un compromiso romántico, de la marca de un territorio, de una alianza en el cuidado del otro, socio en la empresa del patrimonio familiar, y es un destino libremente decidido. Es Ágape y Eros dispuestos a convivir en un espacio muy limitado.

El amor, idealizado por el romanticismo o exaltado por la pasión, deja de ser un dios pero también deja de ser un demonio para humanizarse con sus miserias y sus atributos. Los ídolos se caen, las nubes se disipan y quedan dos personas reales, desnudas, y hermosas en su esplendorosa y mísera humanidad. El otro, la otra, no es una bacante, príncipe, hada, ídolo, semidiosa, hetaira, etc., sino solamente una persona que ofrece lo que es, y al mismo tiempo, recibe todo lo que el otro es.

Las parejas suelen casarse ilusionadas. La ilusión, por definición, es la distorsión del objeto real. A la persona amada se le transfieren elementos de los que en realidad carece y eso es lo que lo hace amable. La desilusión, entonces, es un proceso necesario para amar a una persona real. Esta madurez emocional fortalece la imagen real del otro y se plantea con los pies en la tierra el compromiso de compartir la vida en esas condiciones y no en otras imaginadas.

El cortejo y la conquista amorosos nos han subyugado. La literatura y las otras artes han dedicado sus expresiones a relatar minuciosamente los sucesos del fantástico, y no pocas veces, delirante fenómeno del enamoramiento.

Y este enamoramiento, según sus cauces “naturales”, suele desembocar en el matrimonio. “Se casaron, tuvieron muchos hijos y fueron muy felices”, dicen al final las historias rosas, pero la historia real, en realidad continúa. Y continúa, acaso, por los senderos más cenagosos.

“El amor dichoso no tiene historia. Sólo pueden existir las novelas de amor mortal, es decir, de amor amenazado y condenado por la vida misma. Pasión significa sufrimiento”, nos advierte el desencantado Denis de Rougemont, y es que nos recuerda que en su etimología pasión significa padecer. La mitología sobre el tema abunda en referencias que conciben al amor como un espejismo, una ceguera, una ebriedad divina, etc., y al matrimonio, simple y lapidariamente, como la tumba del amor. Ambas imágenes son incompletas y no logran abarcar la complejidad de estas dos fases del fenómeno afectivo.

Las razones, emociones o confusiones que hacen decidir a los amantes vivir juntos son múltiples, pero las que más se evidencian son estas: la soledad, la búsqueda de un compañero para formar una familia, salirse de la casa paterna, estar ya en edad de sentar cabeza, la insatisfacción de alguno de ellos consigo mismo, la molesta sensación de sentirse marginados de esa institución, poseer un cuarto propio, cumplir con el mandato social, desear que otra persona llene los vacíos existenciales, y a veces, el amor.

Las estadísticas son contundentes: muy altos porcentajes de personas no se casan con el amor de sus vidas, y muchos otros ni siquiera se casan amando a la persona con quien se unen.

Estas uniones han sido bendecidas por el Estado y por la Iglesia. Ambos pretenden someterlos a sus mandatos y sus dogmas; y a través de ellos domesticar los vuelos y las ferocidades del amor. Implacablemente realista, el matrimonio devalúa el enamoramiento y lo cataloga como un estado transitorio provocado por un alto grado de inmadurez, y define a la pasión como un fuego que se apaga paulatinamente.

El matrimonio de inmediato se impone como una responsabilidad y exige a dos inexpertos su cumplimiento. El vínculo afectivo apenas comienza a ser resistente cuando de inmediato los compromete a lograr objetivos verdaderamente titánicos. Y en esas tareas, muy pronto los amantes románticos se convierten en socios de una empresa que los avasalla con nuevos compromisos, cuyos engranajes amenazarán por aniquilarlos.

Contrariamente al flechazo amoroso, el matrimonio resulta poco atractivo como material de estudio. Y las razones son evidentes: el matrimonio pretende ser un finiquito de las ebriedades del noviazgo, y de inmediato demanda obligaciones. El matrimonio es el territorio más socorrido para que la familia se críe y se desarrolle. Esta institución intenta garantizar la trasmisión de los bienes patrimoniales y la perdurabilidad de los vínculos afectivos. Y como empresa, va definiendo responsabilidades, derechos y roles de cada uno de los miembros.

Con estas uniones, los sueños y las pasiones de los amantes poseerán límites implacables. Y más asfixiantes cuanto mayor sea la necesidad de posesión y control por cada uno de ellos. Alguno de estos, desearía —si estuviera a su alcance— herrar a su pareja para que se supiera quién es el dueño. Y algunos lo hacen afanosamente con tatuajes, argollas, convenios legales e íntimos, en un deseo de consolidar su estabilidad, seguridad y fidelidad, que de manera explícita, está en el contrato de boda. En mentes así, la idea del amor consiste en evitar que otro se robe a la persona de su propiedad.

La vida marital, pese a ser vilipendiada por todos, es el objetivo de muchas parejas. Los que están ahí, quieren salir huyendo; los que están fuera del matrimonio, quieren entrar. Los que lo han perdido desean recuperarlo. Quien se divorcia lo vive, casi siempre como un fracaso, y unos pocos como una liberación.

¿Qué hace tan difícil la vida conyugal? Indudablemente, la adquisición de nuevos roles. Los novios abandonan el país de las nubes y se convierten, con un solo plumazo, de amantes en esposos, padres y proveedores. El casamiento le habla fijamente a la inteligencia de los cónyuges; desea poner razón ahí donde hubo locura. No que la prohíba pero sí la restringe. Lo salvaje del amor vivirá ahora en un establo.

Es común que una persona diga de la otra: todavía se comporta como cuando éramos novios; todavía cree que está soltero. Es decir, no ha logrado asumir el compromiso de su nuevo rol.

Ortega y Gasset considera que el amor se compone de simpatía mutua, fidelidad, adhesión, estima y benevolencia recíprocas. Estás características se repiten en casi todos los autores que han centrado su interés en el tema, y se añaden otras si revisamos las opiniones de otros estudiosos. Pero todos coinciden en que las cualidades que el matrimonio debe cultivar son la pasión, el cuidado, la ternura, el compromiso, la comunicación.

Estos conceptos suelen contener otros de igual importancia: capacidad para compartir la intimidad (pasión y ternura), para comprenderse (comunicarse honestamente sin enjuiciarse), para ser autónomos y respetar (los derechos, creencias, opiniones, espacios y amistades del otro), para desempeñar los roles que le correspondan de acuerdo a sus circunstancias, para compartir el poder sin desear dominar al otro, para negociar los desacuerdos sin dañar, entre otras.

La puesta en juego de estas cualidades hará que el hogar sea dulce, pero sí las fallas se empecinan y reiteran, se estará empedrando el camino al infierno.

*Por su interés reproducimos este artículo de Alfredo Espinosa publicado en Diario de Chihuahua.

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