La existencia humana no es un acto aislado ni un suceso que se agota en la inmediatez del presente, sino una trayectoria continua que desplaza el aire y surca el tiempo, dejando tras de sí una estela indeleble. Esta huella, a menudo invisible para el ojo apresurado pero evidente para el juicio de la historia y el rigor de la justicia absoluta, define no solo quiénes somos en la finitud de la vida, sino el legado metafísico que heredarán aquellos que portan nuestra sangre. Quien transita el mundo sembrando el dolor, la humillación y la discordia, bajo la falsa premisa de una impunidad temporal, ignora que la vida es un campo de labranza donde la cosecha es obligatoria, proporcional y, con frecuencia, devastadora.
El comportamiento malvado no se desvanece con el último aliento del perpetrador ni se entierra con sus restos mortales. Al contrario, se transforma en una sombra alargada, una «deuda de espíritu» que persigue implacablemente a su descendencia. Como bien advertía Baltasar Gracián en su agudeza: «No hay peor desierto que una vida sin amigos, de lo cual suele ser causa la mala condición». Aquel que utiliza su posición para despojar al desvalido, construye un mausoleo de resentimiento que sus hijos habrán de habitar. La estela de la maldad es un estigma transgeneracional; es el nombre mancillado que cierra puertas y el recuerdo amargo que agita las conciencias de los herederos, quienes a menudo cargan con el peso de una soberbia que no les pertenecía.
Si analizamos distintos perfiles en la praxis cotidiana, observamos esta constante de siembra y cosecha en diversos estratos del tejido social. Pensemos en el profesional que escala posiciones saboteando el sustento de sus compañeros, o en el vecino maledicente que destruye la paz de su comunidad con intrigas y falsedades. Igualmente, ocurre en la intimidad del hogar, donde quien derrama amargura en lugar de guía condena a su entorno a una herencia de sombras. En este mismo orden de ideas, cabe mencionar a quien, teniendo la responsabilidad de dirimir conflictos y aplicar la norma, cede ante la debilidad o el interés personal; tal conducta no solo traiciona un oficio, sino que deja una impronta de erosión que tarde o temprano enfrentará la nulidad de su propia memoria ante la historia. Todos ellos olvidan la ley universal: quien siembra vientos, cosecha tempestades.
En la arquitectura del castigo, Dante Alighieri nos presentó en su Divina Comedia una geografía moral donde la naturaleza del pecado determina la profundidad del tormento. El traidor a la confianza y aquel que falta a la ética de su investidura encuentran en el «contrapasso» dantesco la imagen exacta de su siembra: quien buscó el frío de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, termina sumergido en el hielo eterno de la soledad absoluta. No hay escape para quien ha hecho del daño su lenguaje; el dolor que se deja atrás es una marca de fuego que nos perseguirá hasta el tribunal de Dios. Ante ese estrado celestial, donde los secretos del corazón son manifiestos, no habrá títulos, cargos ni influencias que valgan; allí, el responsable comparecerá en la desnudez de sus actos ante las fosas candentes de su propia infamia.
La bondad, en contraposición, es una estela de luz que clarifica el camino de los que vienen detrás. Es la diferencia entre dejar un desierto estéril o un jardín floreciente. La justicia, aunque a veces camine con pies de plomo, posee brazos de hierro y una memoria que no conoce el olvido. La estela de nuestras acciones es nuestro verdadero rostro ante la eternidad. Si esa estela es de maldad, el nombre del perpetrador será sinónimo de escarnio y su fin será el juicio inexorable en el tribunal divino. Si es de bondad, su memoria será un refugio. Al final del camino, cuando el espíritu se enfrenta a la desnudez de sus actos, la única verdad que prevalece es que somos, en esencia, el rastro de amor o de odio que dejamos a nuestro paso.
«La maldad bebe la mayor parte de su propio veneno.» Séneca
Doctor Crisanto Gregorio León, profesor universitario