El naufragio del honor y la sociedad de la máscara
A cada momento me doy cuenta de que la gente vive sin ética, ¿es que acaso la gente no sabe lo que es la ética? La gente solamente quiere vencer pero sin ética; quiere posicionarse pero sin ética; quiere ganar una conversación o un suceso pero sin ética. Nadie es capaz de doblegarse cuando no tiene razón, nadie es capaz de admitir que ha cometido un error porque viven sin ética. Piden a Dios, ruegan a Dios —a veces algunos, los que creen—, pero su comportamiento no es reflejo de la humildad, si es que la hubiere. Cuando le piden a Dios, es decir, le piden a Dios por sus cosas, por su familia, por sus actuaciones, por su trabajo, creo yo —tal vez puede ser— porque la mayoría ignora a Dios. Creen que Dios es algo intangible, con lo que nunca se van a encontrar en un futuro —y no encontrar en el sentido de que estén ganados para el cielo—, porque manejan a Dios como algo, como quien jura en vano, como quien da una cara para aparentar respecto de los otros; pero en esencia, es alguien vano, impío, y cada célula que compone su organismo, su cerebro, su cuerpo, es una violencia a lo ético.
Mi querido lector, estoy tan asombrado del mundo en que vivimos, que comprendo cómo la gente fue capaz de crucificar a Cristo, y lo hace cada día y a cada momento cuando viven sin honor y sin ética, y aparentan seriedad, perfección, rigurosidad a la norma, a lo moral; y todo es falso, todo es un disfraz. Y aquí recuerdo la filosofía kafkiana de Kafka, me refiero al autor Kafka; por eso digo kafkiana. Entonces, me siento frente a mi escritorio y quiero escribir un artículo, pero que sea en cada palabra, en cada construcción gramatical, en cada expresión, una manifestación de quienes viven una vida sin ética o una denuncia —no sé cómo decirlo— de cómo los seres humanos andamos sin ética; no nos importa, no le damos trascendencia a la ética. Es como vivir sin honor, es vivir en un mundo de apariencia y de pronto decimos: «Dios mío, está conmigo, permanece en mí», pero es que nosotros no permanecemos en Dios. El ser humano es tan falso, tan mentiroso. Estoy realmente asombrado, y claro, yo me asombro en este mundo mío; y tal vez han sido tantos los sucesos de los que he podido percatarme, llenos de mentiras, de falta de ética, de falta de honor, que estoy realmente alarmado. Pero nadie es de fiar; no hay nadie por más riguroso en su formación, ni el común ni el corriente, ni el que lee ni el que no lee; es que es mucha gente que no lee tampoco y se pierde la oportunidad de entender lo que es lo bueno en la ética y lo malo sin ética.

La estafa de la apariencia y el vacío existencial
Estoy realmente compungido; cada día que salgo, a cada momento, tengo que entregarle mi destino a Dios, a su cuidado y a su protección, de que no me permita encontrarme con gente sin ética, con gente desalmada que no tiene conciencia, no tiene remordimiento, que no siente culpa de lo que hace y que actúa sin ética. Y entonces se lucen como ganadores o vencedores en cualquier escenario, por minúsculo que sea; lo importante es ganar así no se tenga la razón, y vivir sin ética, sin honor.
Ver a una gente que dice una cosa con el verbo, pero es un disfraz, es otra cosa. El problema es que los ves hablar de corrección y de ética y no son correctos ni son éticos. Hay quienes no saben ni siquiera lo que es la ética porque nadie los ha educado, nadie los ha formado, y ni siquiera leen; no alimentan su cerebro con conocimientos tan esenciales como es la ética, el honor y la propia imagen. Porque nadie cuida su propia imagen; muy pocos cuidan su propia imagen, no solo por ser aseados y vestir bien, sino que viven sin ética. Es como querer quedar bien ante el grupo al que pertenecen con tal de ser vistos, de encajar en ese grupo, aunque sea un grupo sin ética. Realmente estoy tan, pero tan demacrado —por decirlo así, no sé cómo decirlo— al ver que el mundo que me rodea es un mundo sin ética. Es como quien te da un billete falso y te dice: «te voy a pagar con este billete porque es el mejor», y es un billete falso, es un billete roto que luego en ninguna parte y en ningún mercado lo aceptarán, y vino de alguien que entregó ese billete como si fuera un billete bueno.
El juicio divino ante la perversión del proceso
Serán muy pocos los que lo lean, porque la gente anda de prisa, de prisa por ganar, por vencer, por imponerse, pero sin ética. No importa a quiénes se lleven por delante, no importa si tienen que jurar por Dios en vano y querer burlarse de Dios, y pretender que no se están burlando de Dios, porque no sienten en ese momento que Dios los está viendo, ni se ponen a pensar respecto del momento en que deban dar cuenta ante el tribunal de Dios. De modo que, como les ha resultado hasta ahora impune su mentira y su falta de ética, creen que todo está bien, pero llegará el momento del crujir de dientes.
Estoy hoy realmente lleno de mucha consternación, de estupefacción, porque es que el que menos crees tú, actúa sin ética, a pesar de que se les trata incluso con ética, con respeto y con honor; no devuelven esa ética, ni ese respeto, ni ese honor. Es decir, actuamos con ética frente a otros porque somos esencialmente éticos y creemos que nos van a devolver un comportamiento ético conforme al que nosotros obsequiamos, porque nuestra ética es nuestra carta de presentación. Pero nos encontramos con el criminal ético; es como asesinar a la ética y es como no entender lo que es la ética. Es vivir en un mundo sin brújula moral.
Pretender vivir de la mentira de la trampa y del engaño diciendo que ese es una persona honesta y es falso. Es como alguien que está vendiendo, por ejemplo, fresas, y entonces el comprador, creyendo en la ética del vendedor, no se da cuenta de que él ha colocado unas pesas falsas para que pese más de lo que realmente está entregando y de lo que está pagando el comprador. Es una viveza de ofensa; es creerse más listo que los demás; es un rostro serio que pretende disimular su precariedad ética. Y es en todos los escenarios: desde el mecánico que se roba una pieza cuando se le da para que la cambie al auto, y se le da una pieza nueva y él coloca la pieza vieja; pues como el juez o el fiscal, que son un desfile de variedades, pero no hay ética.
El disfraz de la perversión
Estoy realmente asombrado, anonadado al constatar día a día que la gente tiene una palabra vacía de ética, un actuar vacío de ética, donde hay apariencia de corrección y no hay ética; todo es una farsa y una mentira. Hay gente que utiliza un lenguaje que parece ético, pero es mentira; es un disfraz de su esencia perversa. Estoy como erizado en mi espíritu, en mi alma, al encontrarme que alguien que tengo de frente —y de quien tengo una imagen— resulta que no es ético. Todo es un mundo de engaño, de mentira, de falsedad, de perversión; un mundo de máscaras donde quieren sacar provecho de lo injusto y de lo malo que hacen y sacar provecho de los demás, y no se ponen un momentico a autoexaminarse.
Y hay quienes incluso insultan, ofenden, hieren a otros seres humanos desde un falso sitio de ética, aprovechándose del cargo, del momento de poder que tienen, asaltados por el síndrome de hubris, pero están actuando sin ética y actuando sin Dios. La falsedad de los hombres —y con esto incluyo a las mujeres, debemos mencionarlo también— porque últimamente, con este lenguaje inclusivo donde se ha dañado la lengua de Cervantes para darle otros sentidos que son sinsentidos, recuerdo incluso la canción Cambalache; su letra es precisamente una denuncia a la falta de ética: «el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también», pero es esto: la falta de ética y la falta de Dios.
«La ética es la única brújula capaz de orientar al hombre en el laberinto de sus propias pasiones y ambiciones.» — Miguel de Unamuno
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario