«Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña…» — Mateo 20:1
Para comprender la magnitud del perdón divino, es indispensable acudir al texto que rompe con toda lógica humana: la Parábola de los obreros de la viña, registrada en el Evangelio de Mateo 20:1-16. Jesús narra la historia de un hacendado que sale a contratar trabajadores en diferentes momentos del día. Va al amanecer, a media mañana, a mediodía, a media tarde y, finalmente, cuando solo falta una hora para terminar la jornada laboral, contrata a los últimos.
Al momento del pago, ocurre algo impensable: el dueño ordena pagarles exactamente la misma moneda (un denario) a todos, comenzando por los que llegaron al final. Al ver esto, los que trabajaron todo el día bajo el sol reclamaron indignados, argumentando que era injusto que quienes llegaron tarde recibieran la misma recompensa que ellos, quienes habían soportado el peso del día y del calor.
Este relato bíblico funciona como el ariete conceptual de nuestra fe, pues desvela que la gracia de Dios no opera como un salario humano, sino como un regalo inmerecido. En nuestro día a día, estamos acostumbrados a que tanto trabajas, tanto vales; si produces más, mereces más. Sin embargo, en el orden de Dios, los conceptos de justicia sufren una transformación absoluta.
El error de los primeros obreros radicaba en medir la bondad del Dueño en función del tiempo trabajado. Pero la salvación no es un sueldo que se gana con horas de empleo religioso; el denario representa la vida eterna y el perdón absoluto, un regalo cuyo valor no se divide ni se achica por el momento en que se reciba. Dios es el dueño absoluto del amor, del perdón y de la muerte, y su soberanía le permite ser extraordinariamente generoso con quien Él decida, sin pedirle permiso a nadie.
No importa en qué momento de tu vida te presentes ante el Señor, le pidas perdón y lo reconozcas como tu único y verdadero Salvador; Él está esperando por ti, porque Él es el dueño del amor y del perdón. Lo importante es que llegues con un corazón contrito.
La esencia de este mensaje radica, por tanto, en la oportunidad del regreso y en la garantía de que nunca es tarde para Dios. Para que el lector lo entienda de forma cristalina: el arrepentimiento real no es el simple miedo al castigo, sino el dolor profundo en el corazón por haber fallado y el deseo sincero de cambiar.
No importa qué tan tarde parezca en el reloj de la vida, ni qué tan oscuro o destructivo haya sido el pasado de una persona; lo verdaderamente crucial es atender el llamado y pedir perdón antes de que sobrevenga la muerte. El arrepentimiento sincero, incluso en el último suspiro de la existencia —como el del buen ladrón que fue crucificado al lado de Jesús—, desarma cualquier juicio humano, borra el pasado y activa de inmediato la clemencia divina.
Al decir que Dios es el dueño de la muerte, entendemos que Él es quien determina el límite de nuestro tiempo terrenal, y es precisamente antes de cruzar ese límite donde se define nuestra eternidad. No obstante, esta maravillosa apertura encierra una advertencia que nadie debe ignorar con ligereza. Los obreros que llegaron al final de la tarde entraron a la viña tan pronto como el Dueño los convocó; ellos no se quedaron sentados perdiendo el tiempo a propósito esperando que se hiciera tarde.
El peligro de postergar la reconciliación con Dios de manera voluntaria radica en la fragilidad de nuestra propia naturaleza, pues la muerte llega de imprevisto y nadie tiene el día de mañana asegurado. Al final, esta parábola derriba el orgullo de quienes se creen «más buenos» o «más santos» que los demás por llevar más tiempo en una iglesia. Nos invita a mirar al próimo con amor y a alegrarnos por la salvación ajena, recordándonos que en el Reino de Dios, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos.
«¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O es tu ojo malo, porque yo soy bueno?» — Mateo 20:15
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor universitario