Esta sentencia de Franz Kafka nos revela una verdad profunda sobre nuestra razón de existir: el ser humano auténtico que siente un anhelo espiritual imperativo de servir, desea profundamente que otros requieran de su apoyo. ¿Qué sentido tendría nuestra vida si nadie nos tomara en cuenta, ni siquiera para pedirnos auxilio? El hombre, por naturaleza, reclama ser buscado porque ahí encuentra la prueba de su valor. En esta dinámica de la existencia se producen dos encuentros fundamentales: por una parte, está quien vive con los brazos abiertos, buscando activamente en qué servir y aguardando que alguien solicite su asistencia, pues siente que su vida solo cobra sentido cuando es útil a los demás; por otra parte, está quien atraviesa la angustia y el desamparo, y requiere comunicarse con su prójimo para pedir esa bondad y esa ayuda.
Cuando alguien nos dice: «Por favor, socórreme, te necesito», no nos está cargando con un problema, nos está regalando la oportunidad de justificar nuestra presencia en el mundo. En cambio, quienes rechazan este llamado, quienes se aíslan y niegan que alguien dependa de ellos para algo noble, terminan emanando una suerte de pestilencia moral; son como los «hedionditos» de nuestra sociedad, seres a los que nadie quiere acercarse porque su egoísmo los ha vuelto inútiles para la vida.
Existe una máxima ética, a menudo asociada al legado de la Madre Teresa de Calcuta y reforzada por la voz del Papa Francisco, que resume nuestra misión en la tierra: «Quien no vive para servir, no sirve para vivir«. Esta sentencia nos obliga a reconocer que estamos aquí para ser útiles al prójimo, no para refugiarnos en la esterilidad de la indiferencia. Sin embargo, la sociedad actual ha levantado un muro de apatía ante el sufrimiento ajeno, queriendo blindar su falta de bondad tras la etiqueta técnica de «me quiere manipular«. Esta etiqueta funciona como una coartada perversa para el egoísmo, pues la persona la utiliza como un escudo para intentar mantener su conciencia tranquila mientras ignora el dolor de quien sufre.
Al respecto, Víctor Hugo nos legó una verdad absoluta: «La conciencia es la presencia de Dios en el hombre«. Por tanto, cuando alguien decide negarse a ayudar bajo el pretexto de que lo están manipulando, no solo se está enmascarando para no socorrer al prójimo, sino que está silenciando la voz divina que se presume habita en su interior, dejando que la frialdad tome el control. Al sentenciar al prójimo como alguien que «me quiere manipular», el sujeto persigue engañar a su propia alma, convencido erróneamente de que su inacción es simplemente un acto de autoprotección frente a la posibilidad de que quien pide ayuda esté mintiendo sobre su verdadera necesidad.
Quien nunca ha pasado por un dolor propio, quien no ha sido marcado por el sufrimiento, se siente con la soberbia suficiente para burlarse de las heridas ajenas, viendo en la necesidad del otro algo mínimo, minúsculo e insignificante, negando la ayuda requerida al afirmar, sin pruebas, que quien sufre solo está actuando o fingiendo un papel de víctima para obtener un beneficio.
Es en el seno del hogar donde esta dureza de corazón se manifiesta con mayor crudeza. Observamos con estupor cómo hijos, que durante años recibieron el apoyo, el alimento y el techo de sus padres, emplean un lenguaje cínico cuando llega la hora de devolver con lo que debieran ser gestos de amor y de agradecimiento, algo o poco de lo tanto que han recibido o siguen recibiendo. Ante la solicitud de auxilio de un progenitor anciano, enfermo o agotado, la respuesta no es el consuelo, sino el insulto, el desprecio y la vejación ; «¿Por qué he de hacerlo yo? ¿Es que acaso tú no tienes manos?». Bajo este prisma, la vulnerabilidad y el ruego del padre se interpreta como un intento de manipulación para llamar la atención. Se desnaturaliza el vínculo filial, negando el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, que ordena honrar a padre y madre, prefiriendo la frialdad de la crítica antes que el compromiso sagrado del cuidado y la gratitud. Al actuar así, olvidamos nuestro propósito de utilidad y caemos en la esterilidad de una vida que, al negarse a servir, pierde su razón de ser.
La humanidad está dejando de cultivar su espíritu para convertirse en una calculadora de intereses financieros. Hemos priorizado una fría educación financiera , olvidando por completo la educación espiritual necesaria para el alma, donde solo se ayuda si el retorno parece garantizado o si el mérito es incuestionable y ‘ni aún así’.. porque se explota y se extorsiona a los padres y los hijos no son capaces de tratarlos con respeto y dignidad.
Esta mentalidad, donde «si no me beneficio, si no saco provecho, no ayudo», es la primera barrera defensiva para justificar nuestra falta de caridad: medimos la angustia del otro como si fuera un negocio arriesgado, prefiriendo no hacer nada para no «perder» nuestro tiempo o dinero bajo la excusa de que el otro podría estar fingiendo su dolor. Olvidamos que la caridad sí reconoce tasas de retorno, porque el Altísimo nos compensará por ser sus manos en la tierra; es una vandalización de la caridad cuando utilizamos el pretexto del «chantaje» para justificar no asistir ni ayudar.
Al respecto, las sagradas escrituras nos orientan con claridad meridiana: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:40). Cuando la Biblia alude a estos «hermanos más pequeños», no se refiere solo a la infancia; esta condición abarca a toda persona vulnerable y desamparada: el anciano olvidado, el enfermo postrado o el desvalido que ha agotado sus fuerzas. Todos ellos, en su fragilidad, son los «pequeños» a quienes debemos socorrer. No obstante, hemos decidido cerrar los ojos ante ellos. Cuando vemos la necesidad frente a nosotros, flagrante, preferir creer que quien suplica miente es, en rigor, un mecanismo de defensa para justificarnos en nuestra inacción y eludir la incomodidad que demanda la entrega.
La vida es un escenario de encuentros, no casuales, sino causales; si alguien se ha cruzado en nuestro camino, es para que ofrezcamos la mano, no para actuar como jueces de su sinceridad.
Recordemos la imagen del caballero, aquel soldado de gesta ejemplar —como la legada por San Martín de Tours— que desenvainaba su acero no para herir, sino para desgarrar su túnica y abrigar al menesteroso que tiritaba de frío. Ese noble guerrero no se detuvo a cuestionar si el mendigo lo manipulaba; su espiritualidad lo obligó a reconocer en aquel extraño a un hermano. Hoy nos falta esa «espada de misericordia»: preferimos utilizar las palabras como estiletes para rechazar al prójimo, en lugar de emplear nuestros recursos para cobijarlo.
Ante tal encrucijada, mi posición es inamovible: prefiero creer en el dolor que alguien me manifiesta antes de convertirme en un bárbaro que justifica su falta de auxilio bajo la sospecha de que me están mintiendo. Si quien pide auxilio falta a la verdad, esa carga deberá llevarla ante los ojos de Dios; pero si yo decido no tender la mano basándome en una conjetura personal sobre su veracidad, la deuda moral es exclusivamente mía. Prefiero ser engañado por dar en exceso caridad, antes que convertirme en un ser inútil e insensible que, viendo a mi hermano sufrir, decide pasar de largo. Dios contempla mi acción y sabe que, al elegir ayudar, he optado por el camino de la rectitud. No permitamos que la sospecha nos convierta en seres incapaces de amar.
«El servicio al prójimo es la armadura del alma; quien no protege al débil, no es digno de su propia espada.» – Tradición de San Jorge
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario