¡¡¡Controle su bilis!!!

3 de junio de 2026
5 minutos de lectura

«¡La dama protesta demasiado, me parece a mí!» (Frase célebre de Hamlet, utilizada para describir a quien, al intentar negar o atacar con demasiada vehemencia una situación general, termina confesando involuntariamente su propia culpabilidad). — William Shakespeare

Mea Culpa.- 

Su exposición ha sido total y voluntaria: al intentar ocultar su fétida corrupción como el felino que esconde sus excretas, solo ha logrado atraer la atención de quienes, con lupa profesional, hoy diseccionan cada uno de sus actos. Usted vivía en el anonimato de la impunidad, ignorada por completo; pero ahora, gracias a su innecesaria estridencia, todas las miradas están fijas en usted, y un equipo de expertos se encarga de exhumar, una a una, todas las inmundicias que usted creyó haber enterrado para siempre.

La reacción desmedida como validación profesional

Resulta fascinante observar cómo el ejercicio de la libertad de opinión altera la compostura de quienes tienen rabo de paja. He sido objeto de un despliegue de insultos y despropósitos que, lejos de amedrentarme, validan mi trabajo. Ante una denuncia fundamentada en minuciosos análisis jurídicos, sociológicos y psicológicos, la respuesta no fue el debate, sino una crisis de trastorno explosivo intermitente que delató una verdad incómoda. Esta persona, actuando como ariete de un grupo, olvidó que al insultarme con tanta vehemencia, no solo defendía a sus cómplices, sino que expuso sus propios intereses inconfesables. Mis artículos no los mencionaban, pero se vieron reflejados en ellos porque la descripción encajaba con precisión en su actuar corrupto.

La marioneta y la delación accidental

La escena fue la de una «legión» concentrada en un solo cuerpo. Esta mujer no hablaba por sí sola; prestaba su voz a un coro de voluntades corruptas, actuando por complicidad. Es la patética imagen de una marioneta que, al intentar proteger el botín que su grupo ha tomado para sí, terminó delatándose. Esta legión de voluntades parece actuar bajo una influencia ominosa; es pasmoso observar cómo individuos que pregonan un ateísmo militante, al ser confrontados con la realidad de su destino infernal —donde los aguarda aquel a quien han servido con sus actos—, se llenan de un pánico visceral, al punto de perder todo control físico, sumidos en una incontinencia producto del terror más absoluto ante la evidencia de su perdición.

«Mi nombre es Legión, porque somos muchos» (Marcos 5:9). Esta referencia bíblica ilustra cómo una pluralidad de fuerzas malignas, coordinadas en un solo propósito destructivo, puede poseer y articularse a través de un único individuo para ejercer su influencia y hostigar a otros; tal como ocurre aquí, donde una estructura de intereses inconfesables, cual pacto oculto tras la fachada del ateísmo, se ha corporizado en esta persona para manifestar su propia maldad.

Sirva la siguiente anécdota de ejemplo: un sujeto penetra en el gallinero con la intención de sustraer una gallina, pero al observar la proximidad de la policía, se escabulle con prontitud hacia la calle. Cuando los oficiales, ignorantes del delito, simplemente le solicitan su identificación, el sujeto responde alterado: «¿Cuál gallina?». Nadie lo estaba acusando de absolutamente nada, pero el sujeto, traicionado por su propia conciencia y su miedo, se delató a sí mismo al mencionar el ave antes de que alguien siquiera sospechara de su fechoría. Al sentirse aludidos, ellos mismos confesaron los delitos que nadie les había imputado directamente, confirmando —como dicta el aforismo excusatio non petita, accusatio manifesta— que quien se excusa sin haber sido interpelado, se declara culpable.

La psicología tras la máscara del ofendido

Desde una perspectiva psicológica, esta reacción no es un exabrupto fortuito, sino un fenómeno bien documentado. La persona ha incurrido en un sesgo de autorreferencia patológico: un proceso cognitivo en el que el individuo, movido por la certeza de su propia culpabilidad, procesa cualquier denuncia general como si fuera una alusión directa a su conducta. ¿Cómo podría yo tomar una aseveración como si fuera dirigida hacia mí si no tengo absolutamente nada que ver con el asunto? Es precisamente ahí donde reside la prueba: al sentirse interpelada por una crítica general, esta persona se descubre y se confiesa, pues su indignación nace del terror de haber sido revelada por su propio juicio interno, el cual le confirma, con certeza irrefutable, que el zapato le calza a la medida.

La confesión involuntaria del sistema

Lo más irónico es la pretensión de autoridad que intentan proyectar. Se me exige silencio y se me lanzan amenazas que confirman la fragilidad de su estructura. Si mis artículos no hubieran dado en el clavo, exponiendo la anatomía de su corrupción, ¿por qué dedicar tanto tiempo a proferir groserías? La agresión pública es la confesión involuntaria de un sistema que, al verse reflejado en el espejo de la verdad que he trazado, no pudo evitar gritar su propia culpa.

La superioridad de la pluma frente a la injuria

La elegancia del silencio ante el insulto es una lección que ignoran quienes han hecho del grito su única forma de interactuar. Mientras ellos se rebajan al fango de la descalificación, mantendré la pluma afilada, convencido de que la respuesta a la bajeza es la persistencia en la verdad. No pretendo descender a su nivel; observo su demoníaca altivez con absoluta nitidez. Quédese usted, legión de intereses oscuros, con sus estridencias y discursos prestados; yo me quedo con la satisfacción de haber incomodado a los indicados, aquellos que, desde el cobijo de la posición de corrupción, tiemblan cada vez que escribo o redacto, temiendo que mis líneas sean en su contra.

El efecto multiplicador de la verdad

Agradezco la publicidad gratuita que me brindan sus desplantes. Cada ataque es un sello de garantía para mi credibilidad ante un público que sabe distinguir entre la retórica de quienes se escudan detrás de la impunidad y la realidad de los hechos. No hay mayor halago para un escritor que la histeria de quienes se saben expuestos. Sigan gritando; su reacción es la prueba empírica de que mi trabajo está desmantelando la fachada de quienes creen que la infamia es una estrategia de ocultamiento. Han sido los mejores promotores de mi labor, al demostrar que la verdad, cuando duele, termina haciendo que el culpable confiese su delito sin necesidad de que nadie lo acuse.

Persistencia ante el secreto a voces

Controle su bilis, respete el ejercicio del periodismo libre; no se dé por aludida en lo que no es para usted, a menos que su propia conciencia le dicte que el zapato le calza a la medida. Yo seguiré en mi puesto, redactando, analizando y exponiendo aquello que ustedes desean enterrar, silenciar y acallar para que nadie los mire y nadie sospeche sobre sus pasos, aunque su corrupción sea ya un secreto a voces. La historia, más allá de sus insultos y amenazas perversas, dictará quién tenía algo que decir y quién solo prestó su voz para sostener una mentira ajena y un robo de gallinas que nadie les había reclamado; porque mientras ustedes sigan operando desde la corrupción, siempre habrá una razón para que mi pluma les devuelva el reflejo exacto de su propia podredumbre.

«Si todo el mundo se ocupara de sus propios asuntos, el mundo giraría mucho más rápidamente, pero como aquí nadie es quien dice ser, cualquier cosa que diga parece estar dirigida a alguien que no quiere ser descubierto.» — Lewis Carroll

Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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