Hace unos días, el amigo que ha editado mis últimos libros dijo, al analizar grafológicamente mi firma, que muchos rasgos denuncian en mí actitudes contenidas, frenos a conductas disipadas… y tiene razón porque, al empezar el año yo, que no suelo aparecer el que soy por complacencia social, más que por hipocresía, he sentido un alto porcentaje de toxicidad en la política general de esta España confusa. De pronto, me apetece encontrar una libertad que me lleve a fracasos nuevos, a indecibles promesas de naufragio. A ignorar por fin lo que conozco.
Estoy tan cansado de ser comedido y prudente, que me propongo consultar cómo se pelan los ajos y de qué manera se alcanza el sabor sencillo de los sofritos. La vida es medible cuando nos alegran los éxitos ajenos e insoportable cuando lo oscuro que se ve dicen que es una aurora boreal recién llegada.
Necesito tener más fe para afilar los cuchillos de la palabra sin que lleguen a matar, pero advirtiendo que si no hacemos entre todos este mundo más noble, más bello y más sagrado, lo mejor será huir de esta torpeza y vivir borrachos sin noticias.
Pedro Villarejo