Sin que se me haya distinguido nunca por ser un ferviente seguidor de procesiones, reconozco con devoción respetuosa, el temblor de una imagen en la esquina precisa, el borde de sol en la mañana sobre el rostro de un Crucificado o la sonrisa incompleta sobre una Dolorosa ensimismada. La belleza de ver salir o entrar a nuestras procesiones alumbran de fe emocionada las calles de nuestros pueblos. Cada ciudad tiene su característica, cada noche su devoción y su estrella. La hermosura de las imágenes, especialmente en Semana Santa, no es posible traducirla a cánones de estética.
Siendo importante el deleite de la belleza amparada por luces diferentes en la noche, me sobrecoge el llanto que no puede verse en las señaladas figuras procesionales. La madera que sujeta las túnicas o los mantos, están lloradas, empapadas por la devoción de los que miran y sienten en ellas una respuesta a su dolor. En cada Cruz de Nazareno hay una astilla personal que se desclava. En las lágrimas de cada Virgen vive el llanto dormido de todos los sufrimientos.
…La emoción no sólo conmueve, sino transforma. Aunque cueste trabajo aprenderla, el dolor es la suprema lección del que se entrega.
Pedro Villarejo