Estábamos desayunando, como muchas mañanas, en la misma cafetería de siempre. Todos los días acudían a pedir más de dos o tres mendigos durante el tiempo que permanecíamos sentados, menos de una hora.
Era temprano, pero ya el sol empezaba a molestar y el calor no nos daba descanso. La gente estaba cada vez más alterada por la falta de sueño y, con sus propios problemas a cuestas, pasaban los días como buenamente podían, esperando una bajada de temperatura para poder relajarse un poco. La verdad es que ese terrible calor desestabilizaba el día a todos.
Charlábamos amigablemente entre nosotras cuando, en una mesa apartada de la nuestra, una discusión con palabras malsonantes nos hizo prestar atención.
Era entre una pareja de hombres, aparentemente de empresa, atractivos, vestidos con traje oscuro, cada uno con su maletín y sus móviles sobre la mesa, tomando notas mientras intentaban desayunar entre llamada y llamada, cuando un mendigo se les acercó a pedir.
Parece ser que los hombres ya habían terminado su desayuno y, sin prestarle atención alguna, solo le hicieron un gesto con la mano para que se marchara. El mendigo, sin embargo, se fijó en la tostada que quedaba en el plato y, sin pensarlo dos veces, la cogió y se la llevó a la boca con verdadera ansia.
Cuál no sería la sorpresa de todos cuando uno de los hombres se levantó y, de un manotazo, tiró la tostada al suelo ante el susto del hambriento mendigo.
El camarero, que se acercaba para retirar el menaje de la mesa, se quedó paralizado ante el hecho, dio media vuelta y se metió en la cafetería. En pocas palabras, se quitó de en medio, consternado ante semejante situación.
Dos chicas, que estaban en una mesa cercana en la misma terraza, se pusieron de pie ante el espectáculo vejatorio al pobre hombre. Los dos sujetos, en lugar de disculparse, se enfrascaron en improperios, diciendo que no se podía desayunar tranquilo y que para el poco tiempo libre que tenían no era soportable esa situación.
El dueño de la cafetería se aproximó y pidió disculpas a los dos clientes, mientras el mendigo, asombrado y balbuceante, explicaba que solo tenía hambre y por eso lo había hecho, pues de todas formas la tostada se la llevaría el camarero y acabaría en la basura.
Era un hombre educado y se disculpó. Las chicas de la mesa contigua se solidarizaron con él y le pidieron un bocadillo y un café para llevar. El dueño del local, por su parte, le puso unas monedas en la mano, pidiéndole que, por favor, se marchara. El mendigo lo hizo, dando las gracias a las chicas y con un gesto de disculpa hacia el dueño de la cafetería.
Mientras tanto, los dos «caballeros», con falsa dignidad, sentenciaron que esas no eran maneras de tratar a los clientes, que era inaceptable consentir la mendicidad y que no volverían más.
Las personas que habían presenciado el deplorable espectáculo tomaron partido: se acercaron a ellos y les hicieron ver, con buenas palabras, que ante semejante falta de humanidad era imposible permanecer indiferentes. Pero ellos se marcharon sin mirar atrás, cruzando la calle sin respetar el semáforo en rojo. ¿Recibieron la lección? La supremacía de algunos refleja una total falta de empatía.
No debemos permitir esas actitudes hacia nadie. Nadie sabe cómo llegó otra persona a esa situación. Hacerle ver su lugar en una sociedad consumista es una muestra de absoluta falta de piedad.
Una sociedad así no merece que la vida le dé óptimas oportunidades; simplemente, no se las merece.
Con semejantes ejemplos, lo único que pueden recibir es un profundo desprecio ante la frialdad de un mundo que no practica la caridad ni la empatía hacia sus semejantes.
Recordad que el desprecio atrae la desgracia a quienes lo practican.
“Hoy por ti, mañana por mí” no es solo una frase: es un hecho que debemos poner en práctica desde ahora mismo. Si crees en tu prójimo, todo lo bueno que hagas por los demás volverá a ti, como un bumerán.
Practicar la empatía es un buen ejercicio para cultivar buenos sentimientos. No pretendáis solo tener un buen cuerpo; eso es agradable a la vista, sí, pero pasajero.
Empezad primero por vuestro espíritu, ese que os acompañará hasta que las arrugas invadan vuestro corazón y este deje de latir, dejando un cuerpo —más o menos hermoso— para ser incinerado o consumido lentamente por sí mismo.
¡Recordad que nuestro cuerpo no es infinito!
¡Somos mortales!
Dónde esta la caridad ? Se está perdiendo !!! Tener caridad no es solo ayudar al que lo está pasando mal, es mirar con bondad al prójimo, no juzgarle en sus errores, ser compasivo, en definitiva, sentir que no es más que un ser humano como tú, con otras vivencias mejores o peores pero que en definitiva desconoces y que si las hubieras tenido tu, es probable que te vieras en una situación bien distinta a la que ahora estás. No se puede saber, pero está claro que no para todos la vida es un camino de rosas. A cada uno le toca lo suyo y nadie por concepto lo quiere hacer mal. Así que un poquito de más caridad en todos los ámbitos no nos vendría mal a nadie.