Memento mori: una brújula moral

13 de julio de 2026
4 minutos de lectura
¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres apenas un hombre!

«El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza; pero es un junco que piensa.» — Blaise Pascal.

En la Roma antigua, el esplendor de las procesiones triunfales constituía una escenografía diseñada para contener la fragilidad del espíritu humano ante el desborde del éxito. Cuando el general victorioso desfilaba en su carro, con el pecho erguido y cubierto por la coraza que protegía su torso —pieza que en la tradición clásica ha recibido el nombre de peto—, su presencia parecía desafiar las leyes de la mortalidad. La multitud, enfervorizada, lo aclamaba casi como a una deidad. Sin embargo, en ese instante de máxima exposición, un esclavo, situado estratégicamente tras él, le susurraba al oído la sentencia ineludible: memento mori. Esta advertencia hallaba su máxima fuerza en la fórmula citada por Tertuliano: «Respice post te! Hominem te esse memento!» (¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres apenas un hombre!). Es fundamental comprender que el memento mori, en su concepción original y trascendente, dista mucho de ser una amenaza lúgubre; es, en esencia, un acto de caridad espiritual y una pedagogía de la humildad. No se trataba de augurar un deceso próximo, sino de ofrecer una herramienta de salvación moral para aquel que, en el cenit de su gloria, corría el riesgo de extraviarse en la soberbia.

Esta lección de humildad resuena hoy ante aquellos ciudadanos que, al alcanzar posiciones de poder, optan por sucumbir al síndrome de hubris. Este trastorno, descrito como una patología reactiva al mando, puede transformar al individuo en alguien desmesurado y ciego a la realidad. Los pasillos de los tribunales se convierten, en casos donde la humildad es desplazada, en un verdadero desfile de vanidades para aquel juez, fiscal o funcionario que decida transitar no como un servidor de la justicia, sino como si fuera un dios del Olimpo. En tales escenarios, donde se elige la altivez por encima del decoro, se sugiere que las decisiones no emanan de la ley, sino de una voluntad propia de una deidad, olvidando que la armadura de su ego es una frágil construcción ante la historia.

La situación se torna digna de crítica cuando estos funcionarios, si acaso decidieran desconocer el derecho vigente, actuaran con la convicción de poseer una sabiduría absoluta. Es en ese preciso instante de error donde quedan capturados por el efecto Dunning-Kruger, esa distorsión cognitiva donde la ignorancia, al ser atrevida, se disfraza de autoridad suprema. Es un hecho irrefutable: la ignorancia es sumamente osada. Aquel servidor que, al no reconocer sus carencias formativas, se crea poseedor de una verdad omnímoda, convierte la administración de justicia en un ejercicio de petulancia. Este proceder, alimentado por la falta de competencia técnica y un narcisismo exacerbado, no hace más que profundizar la crisis de legitimidad del sistema procesal, una situación que, naturalmente, no afecta a quienes ejercen su labor con rigor y probidad.

El síndrome de hubris, sumado a la ceguera del efecto Dunning-Kruger, resulta en una enfermedad de la percepción. Quien se permita caer en esta combinación desarrolla un desprecio absoluto por los consejos ajenos, viviendo aislado en una torre de marfil de su propia invención. Ya sea el juez que decida dictar sentencias aberrantes con aires de grandeza, el fiscal que elija manipular la verdad procesal, o el funcionario que prefiera imponer su voluntad con desdén hacia el usuario, el resultado es análogo: una desconexión total con la realidad social. Estos individuos actúan como si el tiempo no transcurriera por ellos, olvidando que, al igual que los combatientes romanos que portaban su peto en la arena, su destino es el mismo que el del resto de los mortales: la muerte ante el paso inexorable de los siglos.

La advertencia del memento mori es, por tanto, una invitación a la templanza frente a la embriaguez del poder. Al comprender que nuestra existencia es contingente, el individuo se ve obligado a despojarse de la máscara de la prepotencia. Aquel que acepte su naturaleza mortal no necesita recurrir al histrionismo ni a la arrogancia para validar su posición; sabe que la verdadera autoridad emana del respeto por la ley y la empatía. Al recordar su mortalidad, el funcionario es invitado a reflexionar sobre su responsabilidad ante el Creador del universo, quien finalmente juzgará sus actos una vez que su tiempo en la tierra llegue a su fin. La lucha contra este síndrome es, en esencia, una batalla por recuperar nuestra humanidad, recordando que los títulos y el poder acumulado son apenas efímeros frente a la gran niveladora que es la muerte.

Resulta fundamental comprender que ninguna investidura otorga inmunidad frente a la caducidad. Cuando un servidor público o cualquier ciudadano con poder elija creerse un dios, no está demostrando grandeza, sino una fragilidad mental alarmante. Es imperativo que la sociedad exija un regreso a la sensatez. Que jueces, fiscales y cada funcionario del sistema judicial que requiera recordar su origen vuelvan a escuchar aquel susurro antiguo que les recuerda que, por encima de sus despachos y sus petos relucientes, el tiempo es el único juez que no puede ser recusado ni sobornado. La soberbia es la venda que impide ver la fosa abierta al final del camino, un destino que no hace distinciones de rango, jerarquía ni influencia. No somos eternos, somos mortales.

La justicia y la ética solo pueden florecer en manos de quienes reconocen que su existencia tiene un punto de culminación. Al descartar la arrogancia, abrimos espacio para la responsabilidad y la integridad, virtudes incompatibles con la soberbia de quien se siente una deidad. La verdadera medida de una persona se observa en cómo trata a los demás cuando no hay aplausos, cámaras o cargos de por medio. El memento mori es una brújula moral: la voz interna que nos recuerda que nuestra vida es limitada, impidiéndonos convertirnos en monstruos cuando el éxito nos rodea, manteniéndonos firmes en la realidad de nuestra humanidad compartida y en la urgencia de obrar con rectitud ante la mirada de Dios mientras todavía tenemos tiempo.

«No te dejes engañar por la grandeza de los hombres, pues ellos, como tú, están destinados al polvo de la tierra, donde la igualdad es la única ley absoluta.» — Thomas Browne.

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

Tipología de la prevaricación: principales indicios

30 formas de perder el alma para el juez que tiene prisa de entrar en el infierno…

La parálisis del servicio: el costo de la excusa política

«La gestión pública no es el ejercicio de la retórica, sino el cumplimiento del deber; cuando el discurso reemplaza a…

El sector lácteo español: el costo del abandono y la asfixia productiva

La supervivencia de nuestro modelo rural pende de un hilo ante la indiferencia de quienes controlan los circuitos de distribución…

La retórica del vacío: cuando el discurso sustituye a la gestión

"La palabra es el primer instrumento del poder, pero cuando se separa de la acción, se convierte en el disfraz…