Con la vuelta al colegio a la vuelta de la esquina, distintas sociedades de pediatría han pedido revisar cómo se organizan las escuelas infantiles. La doctora Miriam de Nazaret García del Saz, de la Asociación Española de Pediatría (AEP) y la Sociedad Española de Pediatría Social (SEPS), reclama que las ratios se diseñen con criterios científicos, pensando en el desarrollo de los niños. La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP), por su parte, pone el acento en la necesidad de aulas inclusivas.
García del Saz sostiene que el número de niños por aula no es un simple asunto logístico. A su juicio, condiciona directamente el tiempo y la calidad de atención que se recibe en las escuelas infantiles. Por eso considera positivo que el Ministerio de Educación esté tramitando ya una reducción progresiva de estas ratios, una medida que califica de avance esencial. Según explica, los grupos más pequeños entre los cero y los tres años mejoran el neurodesarrollo, el bienestar emocional y el aprendizaje temprano, al permitir una atención más personalizada.
La especialista recuerda que esos primeros años de vida son el momento de mayor plasticidad del cerebro. En esa etapa se sientan las bases del desarrollo cognitivo, del lenguaje, de la regulación emocional y de las habilidades sociales. Señala también que la evidencia científica sitúa el llamado cuidado cariñoso y sensible —que combina salud, nutrición, protección y oportunidades de aprendizaje temprano— como uno de los factores que más influyen en el desarrollo infantil y en reducir las desigualdades desde el inicio de la vida. Las escuelas infantiles, defiende, cumplen así una función que va más allá de lo educativo y se convierte también en una herramienta de salud pública, siempre que los profesionales dispongan del tiempo suficiente para interactuar con cada niño de forma frecuente y de calidad.
Unas ratios reducidas, añade García del Saz, facilitan detectar cuanto antes posibles dificultades del desarrollo y ayudan a construir vínculos seguros. Cuando los grupos son demasiado grandes, en cambio, resulta más complicado atender las necesidades particulares de cada niño en una etapa especialmente delicada. Actualmente, la normativa española permite hasta ocho bebés por aula durante el primer año de vida, 14 entre los 12 meses y los dos años, y 20 de los dos a los tres años, aunque estas cifras varían según la comunidad autónoma. El Ministerio de Educación plantea rebajarlas hasta cuatro, seis y ocho menores por aula, respectivamente. Su previsión es empezar a aplicar el cambio en el curso 2027-2028 y completarlo de forma escalonada hasta 2029-2030.
La doctora Beatriz Fernández Prudencio, de la AEPAP, pone el foco en otro aspecto: la necesidad de contar con aulas neurodiversas en los centros escolares. Defiende que este tipo de aula beneficia a todo el alumnado, no solo a quienes necesitan apoyos concretos. Incluir, explica, no significa que todos los niños aprendan de la misma manera, sino ofrecer a cada uno lo que necesita para participar junto a sus compañeros. Según detalla, menores con trastorno del espectro autista, con o sin déficit de atención e hiperactividad, o con dislexia y otras dificultades de aprendizaje pueden requerir apoyos específicos. Esa diversidad, añade, también supone una oportunidad para que el resto de compañeros desarrolle habilidades sociales importantes para la vida.
Fernández Prudencio subraya además la importancia del pediatra de Atención Primaria en este proceso. Lo describe como una figura clave para detectar trastornos del neurodesarrollo y problemas de aprendizaje, gracias a su capacidad para observar la evolución de cada niño de forma continuada. Ese seguimiento le permite identificar señales de alerta y acompañar a las familias cuando surgen dificultades de aprendizaje, comunicación, atención o conducta. La especialista insiste, eso sí, en que un diagnóstico nunca debería convertirse en una etiqueta que defina al menor, sino en una herramienta más para ofrecerle el apoyo que necesita.
Por último, la pediatra recuerda que el inicio del curso es un buen momento para retomar hábitos saludables. Recomienda ajustar de forma progresiva los horarios de sueño y de comidas, evitando las prisas y las exigencias excesivas. De esta manera, sostiene, los niños afrontarán el cambio con menos estrés y volverán a las aulas con más ganas.