Cuando el Derecho se aplica en radiales a medida, deja de ser Derecho. En España somos muy de perdonar a los imperdonables y muy obstruccionistas con aquellos que más lo merecen. A la hora de las equivalencias se nos ve el plumero de los abusos, las tergiversaciones y los enredos políticos.
Iván Apeolaza, etarra condenado por criminal a 123 años de cárcel, a los diez ya estaba gozando de un tercer grado de libertad que le permitía incluso pernoctar fuera del Centro Penitenciario. Todo eso gracias a esa especie de nefasta insolencia ganada a pulso por la solapada compraventa de los dirigentes vascos.
El liberado Iván, que seguramente recibió tal privilegio por haberse arrepentido en secreto de sus delitos y hasta puede haber influido una carta de recomendación de su párroco, ha muerto a los 53 años cuando practicaba senderismo por los mismos lugares en los que él no permitió que sus asesinados respiraran el aire limpio de sitios tan hermosos.
Iván gozaba de una libertad que no era la suya, que no le correspondía. Y su corazón no pudo con la injusticia.