Lecciones para el presente

3 de febrero de 2025
2 minutos de lectura
Lecciones para el presente
Imagen del general Antonio José de Sucre. /Wikipedia

STALIN GONZÁLEZ

Cada 3 de febrero recordamos el natalicio de Antonio José de Sucre, uno de los más grandes héroes de la independencia hispanoamericana. Su legado va más allá de la batalla y la guerra: fue un líder que supo leer su tiempo, entendió la importancia de la negociación y promovió acuerdos que evitaran más sufrimiento innecesario. En momentos donde el conflicto parecía ser la única salida, Sucre demostró que la diplomacia y la estrategia podían abrir caminos hacia soluciones más duraderas.

Una de sus más grandes hazañas, aunque poco mencionada, inició en 1820, cuando España fue sacudida por el alzamiento en Cádiz, lo que obligó al rey Fernando VII a aceptar la Constitución de 1812. Este evento debilitó la presencia española en América y abrió un nuevo escenario político en el que se pudo negociar con mayor fuerza. Ese mismo año, en Trujillo, Sucre fue el encargado de negociar los “Tratados de Armisticio y Regularización de la Guerra”, que pusieron fin, al menos temporalmente, a los enfrentamientos entre patriotas y realistas. Sucre, con tan solo 25 años, representó a la República de Colombia junto con Pedro Briceño Méndez y José Gabriel Pérez, enfrentándose a los delegados del general Pablo Morillo. En este proceso, demostró una gran capacidad de negociación, estableciendo acuerdos que humanizaban la guerra, garantizaban la protección de los prisioneros, prohibían los ataques contra civiles y aseguraban asistencia médica para los heridos.  

Más allá del acuerdo en sí, Sucre entendió que la independencia no podía lograrse únicamente con las armas. Necesitaba instituciones fuertes, un marco legal que garantizara el orden y una visión política que trascendiera el simple derrocamiento del dominio español. Su pensamiento se evidenció nuevamente en 1822, tras la victoria en la Batalla de Pichincha, donde lideró la emancipación de Ecuador. En lugar de ejercer una represión brutal sobre las tropas derrotadas, aplicó su famosa doctrina de “Gloria al vencedor, honor al vencido”, permitiendo una capitulación digna para los realistas y evitando mayor derramamiento de sangre.  

El legado de Sucre sigue vigente en la Venezuela actual. Hoy vivimos una profunda crisis política, social y económica, en la que la confrontación ha reemplazado el diálogo y la intolerancia ha debilitado cualquier posibilidad de consenso. La historia nos enseña que los conflictos no pueden extenderse eternamente, que las naciones necesitan acuerdos y que el liderazgo real no solo se demuestra en la lucha, sino en la capacidad de unir a los ciudadanos para construir un futuro mejor.  

Así como Sucre y los patriotas de su tiempo entendieron que la independencia debía ir más allá de lo militar y basarse en instituciones, leyes y negociación, Venezuela necesita reconstruir su democracia sobre los principios del respeto, el diálogo y la inclusión de todas las voces. Un país no se levanta con represión ni exclusión. Todo lo contrario, una República se construye con la capacidad de generar consensos que beneficien a toda la sociedad. El ejemplo de Sucre nos recuerda que el mejor liderazgo, el más efectivo, es el que piensa en el futuro, en el bienestar colectivo y en la estabilidad de las instituciones. 

*Por su interés reproducimos este artículos de Stalin González publicado en El Impulso

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