La desigualdad de género no termina al llegar a la jubilación. Muy al contrario, se consolida en una etapa en la que los ingresos deberían ofrecer tranquilidad y seguridad. En la actualidad, las mujeres cobran más de un 30% menos de pensión que los hombres, una brecha que refleja décadas de diferencias en el mercado laboral y en el reparto de responsabilidades familiares.
Así lo han expuesto la investigadora del CSIC Lidia Farré Olalla y la directora general de ClosinGap, Lucila García Méndez, en el Congreso durante la Comisión del Pacto de Toledo. Según los datos presentados, si un hombre percibe 100 euros de pensión, una mujer recibe de media apenas 66. Traducido a cifras reales, ellos rondan los 1.600 euros mensuales frente a los 1.100 de ellas. La diferencia, cercana al 34%, sigue siendo estructural, aunque algo menor que en años anteriores.
La brecha no solo se aprecia en la cuantía mensual. También aparece en la llamada tasa de cobertura, es decir, el porcentaje del último salario que cubre la pensión pública al jubilarse. En este indicador, la diferencia entre hombres y mujeres alcanza los 27 puntos porcentuales.
El origen está en trayectorias laborales desiguales. De media, los hombres dedican unas diez horas más a la semana al trabajo remunerado. Las mujeres, en cambio, asumen mayor carga en cuidados y tareas domésticas. En un sistema contributivo como el español, donde la pensión depende de lo cotizado, estas diferencias se trasladan directamente a la jubilación.
Además, muchas mujeres son perceptoras de pensiones no contributivas o de viudedad, que suelen ser de menor cuantía. Esto amplía la distancia económica en la última etapa de la vida. A ello se suma otro factor clave: las mujeres viven más años y presentan mayores niveles de dependencia en edades avanzadas, lo que incrementa su vulnerabilidad económica.
La desigualdad en las pensiones no es solo un problema individual, sino también estructural. Según ClosinGap, reducir esta brecha podría suponer un impacto positivo de hasta 28.500 millones de euros en el PIB, la creación de 500.000 empleos y casi 4.900 millones más en ingresos fiscales.
También existe diferencia en los ingresos adicionales a la pensión, como rentas por alquiler o planes privados. Aunque en el caso de los alquileres la brecha es más reducida —e incluso en algunas comunidades las mujeres perciben más—, en conjunto los hombres mayores reciben varios cientos de euros más al mes en ingresos complementarios.
Entre las medidas propuestas para revertir esta situación destacan la educación infantil gratuita y universal, que facilitaría la participación laboral femenina, y una mejor distribución de los permisos de paternidad y maternidad. También se plantea reforzar las pensiones no contributivas para proteger a quienes han tenido carreras laborales más irregulares.
La pensión, lejos de corregir desigualdades, tiende a reproducirlas. Por eso, abordar la brecha exige actuar mucho antes de la jubilación. Solo así será posible que la última etapa de la vida no esté marcada por una desigualdad que comenzó décadas atrás.