Manejando la hipótesis de un municipio cualquiera, donde la institución policial naciera bajo el compromiso de la rectitud, resultaría doloroso observar cómo, en este reino de la imaginación, los caballeros de azul o gris se transformaran gradualmente en sombras de lo que debieron ser. En esta hipótesis, una casta de hombres valientes, llamados a servir a la comunidad local, involucionarían hasta que su rostro fuera borrado por la deshonra. Imagino policías municipales que, bajo el amparo de la noche, se convirtieran en narcisos reteniendo ciudadanos con fines inconfesables, ocultos tras vidrios oscuros no para protegerse del sol, sino como estrategia para ocultar la fisonomía de la recaudación ilegal.
En este escenario bizarro, la camaradería se pervertiría en alcahuetería para delinquir, donde la división de asuntos internos haría la vista gorda ante comandantes comisarios que poseen un prontuario en lugar de un currículo. Bajo este esquema, la policía local se amancebaría con el crimen, controlando acciones en el submundo nocturno y olvidando que su deber es servir al ciudadano, no a intereses creados que sesgan la rectitud por una carnada con rostro de mujer o de lucro fácil.
En el reino de esta exteriorización hipotética, si un personaje cobrara sustancia corpórea para sentirse aludido y arremetiera profiriendo anatemas, estaría confirmando la pulcritud que le falta. Si este reino descansara en la presunta ocultación de una nefasta organización, el aludido gritaría: «¡Es conmigo!», confesando su propia culpa. En el lenguaje jurídico, se entiende como excusatio non petita, accusatio manifesta: quien se excusa sin ser acusado, declara que es culpable.
La policía hipotética nunca pensaría que intereses ciudadanos alimentaran el pensamiento de quien puede detectar peajes matraqueros o cuotas por silencio. Esta policía municipal de acción tentacular extendería sus ramificaciones en razón de la desgastada imagen de figuras de prestigio que, ignorando la ética, se convertirían en la personificación del derecho para provecho de su peculiar peculio o el de su entorno. Si los jefes de esta policía hipotética fueran rectos, tomarían las decisiones correctas y adecentaran la casa; de lo contrario, la ética y la moral volverían a reinar solo en el mundo de la imaginación.
La profesión de servidor público envuelve comportamientos que proyectan lo que se espera de un buen ciudadano. Por lo tanto, en ningún modo debería permitirse que la lealtad se confunda con el solapamiento de faltas o la desvergüenza al propio descrédito. Saberse una carigüela que ha pisoteado el uniforme y pretender ser comisario es la mayor representación de la pérdida de dignidad; quien tuviera el menor sentido del honor, dejaría el mando en manos de quienes sí quisieran hacer el bien.
Seguramente, usted ha percibido en la policía local un hedor por el desconcierto cuando tergiversan los hechos para justificar lo legalmente censurable. Cuando «otros intereses» controlan el mando y obstaculizan la imparcialidad, echan al traste con los parámetros de su juramento, desobedeciendo por haber entronizado la corrupción hasta los tuétanos. Espero que en su municipio no cuente con una policía como la de esta hipótesis, donde la apariencia de un uniforme impoluto es solo eso: una mentira que sirve para cubrir una marcha de indecencia. Un uniforme que es, en fin, una percha para deshonrar la investidura.
«Quien se pone un uniforme para servir al crimen, no solo traiciona a su pueblo, sino que asesina su propia honra ante el espejo de la historia.» — Doctor Crisanto Gregorio León
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario