Los altibajos emocionales de la vida adulta no dependen solo del carácter o de las circunstancias del momento. También están escritos, en parte, en la adolescencia. Un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan ha encontrado que la memoria de trabajo —la capacidad de organizar y manejar información mental— y el momento en que se atravesó la pubertad pueden explicar por qué algunas personas mantienen una estabilidad emocional y otras viven en una montaña rusa constante de estrés y ansiedad.
El estudio, publicado en Journal of Affective Disorders, siguió a 91 adultos durante cien días consecutivos. Cada jornada registraron su estado emocional, lo que permitió observar los cambios en tiempo real, lejos de las clásicas encuestas retrospectivas que dependen del recuerdo y pueden distorsionar la realidad.
Los resultados muestran que las emociones fluctúan más de lo que se pensaba y que esas variaciones no son aleatorias. Las personas con mejor memoria de trabajo —es decir, con mayor capacidad para ordenar pensamientos, filtrar distracciones y regular respuestas— tienden a mantener un estado anímico más estable. En cambio, quienes presentan más dificultades cognitivas muestran mayores picos de malestar, preocupación o irritabilidad.
Pero la biografía también pesa. El momento de la pubertad resultó decisivo. La forma en que cada persona vivió esa etapa —si fue temprana o tardía, y el contexto social que la rodeó— dejó una huella duradera en la manera de afrontar el estrés décadas después.
El patrón, además, difiere entre hombres y mujeres. Las mujeres que maduraron más tarde y contaban con buena memoria de trabajo registraron los niveles más bajos de malestar y mayor equilibrio emocional. En el extremo opuesto, los hombres con pubertad temprana y menor capacidad cognitiva mostraron mayores oscilaciones de ansiedad, incluidos síntomas físicos como presión en el pecho o taquicardias.
Los investigadores concluyen que la salud mental cotidiana no se construye solo en el presente: combina factores cognitivos y experiencias tempranas que moldean la forma en que interpretamos y reaccionamos ante lo que nos ocurre. Comprender esos mecanismos, apuntan, podría ayudar a diseñar estrategias de prevención más eficaces desde edades tempranas.