En los últimos años, un ecosistema digital ha ido ganando terreno en las sombras de internet. La “manósfera” —ese universo de foros, canales y personalidades que promueven una visión hostil hacia el feminismo y las mujeres— se ha convertido en una fuerza política y cultural cuya influencia ya no podemos ignorar.
Como señala Rebecca Solnit en una reciente entrevista en El País, “es alentador que a Trump y a la machósfera les irriten tanto las conquistas del feminismo”. Esta irritación, lejos de ser anecdótica, revela el miedo profundo ante un cambio en las estructuras de poder. Lo que para muchos representa avance y justicia, para estos grupos simboliza una amenaza existencial a su privilegio histórico.
La manósfera opera como una maquinaria bien engrasada que convierte el resentimiento masculino en capital político y económico. En su artículo “El negocio del odio”, estos espacios digitales han perfeccionado la monetización del malestar. Desde cursos para “ser un verdadero alfa” hasta comunidades de pago donde se comparten tácticas de dominación femenina, el discurso de la masculinidad amenazada genera millones de dólares.
La presidencia de Trump representa la materialización política más visible de este fenómeno, no sólo simboliza la revancha contra el progresismo, sino que además legitima desde el poder más alto un discurso que normaliza la misoginia. Sus frecuentes ataques a mujeres políticas, periodistas y activistas no son exabruptos aislados, sino manifestaciones coherentes de una visión del mundo donde las mujeres empoderadas representan una anomalía que debe corregirse.
Su aliado más poderoso en esta cruzada, Elon Musk, ha utilizado X como plataforma para amplificar estos mensajes. El multimillonario no sólo comparte contenido de la manósfera, sino que ha convertido su red social en un refugio para discursos que antes estaban confinados a los rincones más oscuros de internet.
En México, la influencia de la manósfera se refleja en diversos ámbitos, incluyendo la política. Un ejemplo es el caso del diputado Cuauhtémoc Blanco, acusado de intento de violación por su media hermana. A pesar de la gravedad de la acusación, la Cámara de Diputados rechazó su desafuero (con la venia de las diputadas morenistas como producto de todo tipo de presiones de sus pares hombres), permitiéndole mantener su fuero y evitando que enfrentara la justicia.
Este hecho subraya cómo las estructuras políticas aún protegen a figuras masculinas acusadas de violencia de género, perpetuando la impunidad y enviando un mensaje desalentador a las víctimas. La falta de apoyo de muchas diputadas en este caso también refleja las tensiones internas y la falta de solidaridad en la lucha feminista dentro de las instituciones políticas. Además, declaraciones como las del priista Manuel Cavazos, quien desestimó la denuncia contra Blanco con comentarios bestialmente misóginos, refuerzan la narrativa de la manósfera al minimizar y ridiculizar las acusaciones de violencia sexual.
Estas actitudes perpetúan la cultura de la violencia, deslegitiman las experiencias de las víctimas y obstaculizan el avance hacia una sociedad más equitativa.
Lo preocupante es que estos discursos no son sólo palabras. Existe una clara correlación entre la retórica de la manósfera y el aumento de violencia contra las mujeres. Las comunidades de incels (célibes involuntarios), los grupos MGTOW (Hombres que Siguen Su Propio Camino) y los autoproclamados “coaches de masculinidad” no sólo promueven visiones distorsionadas sobre las relaciones de género, sino que en casos extremos han inspirado actos de violencia real.
La manósfera representa, en esencia, la reacción organizada contra décadas de avances en igualdad de género, y nos recuerda que cada paso hacia la equidad generará resistencia. Sin embargo, como sugiere Solnit, esta resistencia también confirma la efectividad del feminismo.
El miedo y la ira que motivan a la manósfera son, paradójicamente, testimonios del impacto real que los movimientos por la igualdad están teniendo en las estructuras de poder. Lo que está en juego no es sólo la dignidad de las mujeres, sino la posibilidad de construir sociedades donde la equidad no sea percibida como amenaza, sino como el fundamento necesario para el progreso y una convivencia verdaderamente democrática.
Por su interés reproducimos este artículo de Yuriria Sierra publicado en Excelsior.