Introito
De manera semejante, Agnes de Dios (Agnes of God), película dramática de 1985 dirigida por Norman Jewison y protagonizada por Jane Fonda, Anne Bancroft y Meg Tilly, aborda la historia de una joven monja que da a luz en un convento y afirma desconocer cómo ocurrió su embarazo, desencadenando un conflicto en el que convergen la fe, la razón, la salud mental y la búsqueda de la verdad.
En esa misma perspectiva de creación literaria, el presente artículo construye un personaje cuya conducta permite examinar una realidad humana y social. La representación literaria de comportamientos complejos, incluso de aquellos relacionados con la salud mental, permite explorar sus contradicciones y consecuencias. María es una construcción satírica mediante la cual se reflexiona sobre la indigencia intelectual, la corrupción moral y el fraude académico, así como sobre los daños que puede ocasionar la obtención de un título profesional sin la preparación que este exige.
Crónica
María no nace con un expediente académico, pero desde sus primeros años ofrece señales de una conducta que merece atención: quiere obtener lo ajeno sin conquistar por mérito propio aquello que ambiciona. Mientras otras niñas disfrutan de sus muñecas, ella encuentra en las pertenencias de sus compañeritas una tentación irresistible: desaparecen juguetes, útiles escolares y hasta los alimentos guardados en las viandas.
En este personaje, la conducta no se limita a una travesura infantil, sino que representa el comienzo de una forma de actuar que se repite y se pervierte cuando no encuentra límites. Un día, al preguntarle qué desea ser cuando crezca, responde con una franqueza desconcertante: «corrupta». Los adultos acaso ríen, creyendo escuchar una ocurrencia infantil; sin embargo, María, una niña psicópata y narcisista, parece tener clara desde temprana edad su aspiración de vivir del engaño, apropiarse de lo ajeno y conseguir mediante la trampa aquello que no puede alcanzar por sus propios méritos o por medios lícitos.
Así comienza una historia en la que la deshonestidad se convierte en costumbre y el fraude, en un método para abrirse camino. María aprende tempranamente que apropiarse de lo ajeno puede resultar más sencillo que trabajar para obtenerlo, y esa lección torcida la acompaña en cada nueva etapa de su existencia. Así, ya adulta, logra convertirse en la cabeza de un grupo estructurado de delincuencia organizada.
Desde la infancia, María manifiesta rasgos narcisistas, psicopáticos y una profunda ausencia de escrúpulos, características que el relato presenta como parte de su personalidad. En María concurren también la bipolaridad y alteraciones de la corteza prefrontal y de la amígdala cerebral, elementos del perfil de una niña incapaz de reconocer límites cuando sus deseos entran en conflicto con los derechos de los demás.
La educación primaria representa para ella una carrera de obstáculos que no siempre supera gracias al aprendizaje, sino a la trampa y a la falacia del desvío. Con ayuda de sus padres, consigue avanzar, aunque ello no significa que haya adquirido los fundamentos éticos ni morales indispensables para continuar. En el bachillerato, la copia se convierte en compañera habitual, el plagio sustituye al esfuerzo y las calificaciones dejan de ser una medida confiable del conocimiento.
María aprende a confundir, tergiversar y a disimular sus carencias y a buscar salidas nada santas cuando una evaluación amenaza con exponer su indigencia intelectual. A esa conducta se suman la envidia -el síndrome de procusto- hacia sus compañeras y una profunda hostilidad hacia los hombres – misandría- , vinculada en el relato con el rechazo de un joven atractivo que nunca corresponde a sus pretensiones.
María transforma la frustración en resentimiento, pero jamás convierte sus fracasos en una oportunidad para corregirse. Su prioridad continúa siendo obtener resultados sin estudiar, imponerse sin méritos y ocultar la indigencia intelectual que la acompaña.
La universidad, que debería representar el encuentro entre la vocación, el conocimiento y la responsabilidad, se convierte para María en otro territorio donde ensayar sus habilidades para el engaño. Ingresa mediante influencias y recomendaciones, pese a que sus antecedentes académicos no parecen respaldar suficientemente sus aspiraciones. Una vez dentro, busca refugio al fondo del aula y se rodea de otras estudiantes con quienes comparte respuestas durante los exámenes.
La copia colectiva se convierte en una estrategia para sustituir el estudio individual, mientras el plagio ocupa el lugar de la investigación y del razonamiento propio. Allí donde corresponde comprender, analizar y demostrar conocimientos, María procura encontrar atajos. Las calificaciones que parecen favorables no son, en su historia, el resultado de una preparación auténtica, sino la consecuencia de trampas, maniobras y presuntas prácticas ilícitas que incluyen sobornos a profesores, compra de materias y extorsiones.
La universidad, en lugar de corregir las deficiencias que arrastra desde la infancia, termina siendo el escenario donde María perfecciona su conducta fraudulenta. Nunca comprende que dos más dos son cuatro cuando la realidad le exige aceptar una verdad que contradice sus caprichos y conveniencias: altera las cifras, confunde los conceptos y deforma cuanto encuentra a su paso.
Para ella, el conocimiento no constituye una conquista intelectual, sino un obstáculo que intenta superar mediante el engaño. De este modo, acumula asignaturas aprobadas y finalmente obtiene un título, aunque la pregunta permanece: ¿qué sabe realmente quien jamás ha aprendido a estudiar?
«El primer acto de corrupción es aceptar un cargo público para el que no se está preparado».
Y, sin embargo, María se gradúa. La moral rota y proterva termina acompañando al diploma, y la indigencia intelectual abandona las aulas para entrar a causar daño en la sociedad. María ha aprendido a obtener lo que quiere mediante el fraude y ahora dispone de una credencial que puede abrirle las puertas de una profesión de elevada responsabilidad. Imaginemos, por ejemplo, que hubiera elegido la medicina y que su título procediera de exámenes comprados, respuestas copiadas y conocimientos nunca adquiridos.
¿Cuántas vidas podrían quedar expuestas a sus errores? ¿Cuántos pacientes sufrirían las consecuencias de una preparación inexistente? Pensemos en un médico cirujano que desconoce los fundamentos de su especialidad: las deformaciones, las complicaciones y los daños que podría ocasionar no serían simples errores académicos, sino tragedias para personas que confiaron en su preparación.
La misma reflexión se extiende a cualquier profesión en la que una decisión equivocada perjudique derechos, patrimonio, libertad o dignidad. El título universitario no convierte automáticamente a una persona en un profesional competente, del mismo modo que una apariencia de autoridad no garantiza conocimientos ni rectitud. María representa a quien utiliza la credencial como máscara y transforma el ejercicio profesional en una oportunidad para continuar con sus prácticas deshonestas.
La sociedad termina pagando el precio de la negligencia cuando confía en quien nunca se preparó para asumir sus responsabilidades. Su historia recuerda que la corrupción no comienza necesariamente en los grandes despachos: puede incubarse en el aula, crecer con cada examen fraudulento y consolidarse cuando una institución entrega un título sin que exista detrás de él la preparación que debería acreditar.
Llegados a este punto, corresponde al lector resolver el enigma. ¿De qué se graduó María? ¿Qué profesión obtuvo después de tantos años de copia, plagio, soborno, extorsión y desprecio por el conocimiento? ¿Se graduó acaso de corrupta, de ladrona o de extorsionadora? Ninguna de esas denominaciones constituye una profesión universitaria, aunque representan conductas que pueden acompañar a quien ha convertido el fraude en una forma de vida.
María se gradúa de una noble profesión, pero el lector deberá descubrir cuál es a partir de las pistas que ofrece este relato. Como una versión distinta de El diente roto, de Pedro Emilio Coll, esta historia presenta un personaje cuya característica esencial no es un diente quebrado, sino una moral rota desde la infancia, incapaz de reconocer el valor de la honestidad, el esfuerzo y el respeto por los demás.
María nunca aprende que el conocimiento requiere disciplina ni que la autoridad profesional exige responsabilidad. Su indigencia intelectual se combina con una voluntad de engaño que parece plenamente consolidada desde que robaba muñecas, útiles escolares y alimentos a sus compañeritas. El nombre de María se utiliza aquí como recurso literario, por ser uno de los nombres femeninos más extendidos en Latinoamérica y en el mundo, sin aludir a ninguna María concreta.
La pregunta final no es únicamente qué estudió María, sino qué clase de sociedad permite que el fraude se convierta en un camino para obtener títulos y que quien los consigue de esa manera termine perjudicando a personas inocentes. La desgracia no reside en poseer un título, sino en ejercer una profesión sin los conocimientos, la ética ni la integridad que su ejercicio demanda.
Epílogo
El nombre de María, empleado en este artículo, responde a razones estadísticas y literarias, por ser uno de los nombres femeninos más extendidos en Latinoamérica y en diversas regiones del mundo. María es un personaje literario y no representa a ninguna María en particular. Como referencia a las campañas internacionales de concienciación, se evoca la utilización de nombres femeninos comunes, como María, en mensajes dirigidos a la población, así como las iniciativas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA) en materia de prevención y sensibilización.
Este personaje permite abordar, mediante la sátira y la creación literaria, la indigencia intelectual, la corrupción moral, el fraude académico y las consecuencias que puede ocasionar la obtención de un título profesional sin la preparación correspondiente. Y María se pavonea, convencida de que nadie ha descubierto que es una psicópata narcisista, intelectualmente indigente, carente de los conocimientos que su título pretende acreditar.
«Un título puede abrir las puertas de una profesión; pero únicamente el conocimiento, la rectitud y la responsabilidad permiten honrarla».
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario