La inflación ha vuelto a golpear el bolsillo de los hogares españoles. En agosto, el IPC escaló hasta el 4,3%, su nivel más alto en tres años, impulsado principalmente por el fuerte encarecimiento de la energía en un contexto marcado por el conflicto en Irán.
Los carburantes protagonizaron buena parte de esta subida. Sus precios aumentaron un 24% respecto al año anterior, con el diésel disparándose un 30,3% y la gasolina un 16,9%. A ello se suma una factura eléctrica que fue un 9,2% más cara que hace un año y un gas que registró un incremento del 4,4%. En conjunto, los productos energéticos cuestan un 16,9% más.
Detrás de estas cifras se encuentran el aumento del petróleo y la reducción de las ayudas a los carburantes durante agosto. Además, septiembre tampoco ha comenzado con buenas noticias para los conductores, ya que los precios en las estaciones de servicio continúan al alza.
La evolución de los alimentos ofrece algo más de alivio. La cesta de la compra aumentó un 2,3%, mientras que la inflación subyacente bajó ligeramente hasta el 2,9%. El Gobierno sostiene que las presiones de fondo permanecen contenidas, aunque la energía continúa siendo el principal foco de preocupación.