La escuela y el perfil gerencial

14 de agosto de 2026
3 minutos de lectura

«Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción.» — Paulo Freire

Con el debido respeto hacia aquellos profesionales que, desde el instante preciso en que asumen la dirección de un centro educativo, comprenden que la formación de la ciudadanía constituye el cimiento angular de la sociedad, resulta ineludible señalar las desviaciones de quienes han desvirtuado la función pública docente. Estos verdaderos educadores entienden que la enseñanza debe cimentarse en la transmisión de principios éticos y valores axiológicos compartidos, orientados a la formación integral de los estudiantes. Sin embargo, en contraste con esta labor encomiable, coexiste una corriente de directivos que ha sepultado todo compromiso de honestidad y probidad administrativa. En la geografía española, donde el sistema educativo requiere con urgencia liderazgos capaces de responder a los retos contemporáneos, la presencia de gestores desprovistos de integridad ética erosiona la confianza en la escuela pública y concertada, transformando recintos diseñados para el saber en feudos personales caracterizados por la opacidad y el amiguismo. Existen directores que han dado al traste con todo precepto de honestidad y decencia en las instituciones.

La educación demanda con urgencia una dirección caracterizada por el rigor académico y la transparencia organizativa, un compromiso que debe ser asumido plenamente por los cuadros de mando del sistema escolar. Al abordar las oposiciones y los procedimientos selectivos para cubrir las plazas de dirección e inspección educativa, los criterios pedagógicos y el bienestar de la comunidad escolar deben prevalecer sobre cualquier conveniencia partidista o componenda de orden doméstico. Lamentablemente, persisten dinámicas perversas en las que ciertos directivos administran el colegio como si fuera un patrimonio personal, perpetuándose en sus puestos mediante redes de clientelismo y complicidad. En este ambiente enrarecido, la figura del director se reduce a una marioneta orientada a satisfacer mezquindades particulares, desmotivando profundamente al docente vocacional. Los intereses educativos deben estar por encima de toda componenda doméstica escolar, erradicando vicios que convierten los templos del saber en espacios degradados.

Esta deficiencia en la gestión no solo afecta el clima laboral del profesorado, sino que solapa e incentiva la negligencia de aquellos docentes que, aquejados de una severa miopía pedagógica, encuentran en el equipo directivo al encubridor ideal para sus faltas profesionales. El señalamiento ético debe hacerse de forma contundente contra quienes, aprovechándose de la nobleza inherente a la función docente, transforman el centro escolar en una estructura represiva e ineficiente. Al manipular deliberadamente las normativas internas y los recursos para su propio beneficio, estos perfiles ejercen un liderazgo puramente negativo que amplifica las debilidades institucionales y desalienta la excelencia académica. El señalamiento ético debe apuntar en contra de ese mal gestor que ha hecho de la escuela una pesadilla institucionalizada, instrumentalizando la enseñanza para fines ajenos a la docencia.

El origen del problema radica en la permisividad social e institucional con la que a menudo se justifican las irregularidades en las dependencias educativas. Cuando el claustro y las autoridades competentes conocen las deficiencias de ciertos administradores y, no obstante, disculpan sus conductas irregulares bajo falsos paternalismos o eufemismos complacientes, se anula cualquier posibilidad real de enmienda. Este entorno condescendiente transmite un mensaje equívoco al alumnado, que absorbe patrones de conducta alejados del respeto a la legalidad y la justicia. Festejar la astucia del director manipulador o tolerar el desvío de los presupuestos escolares destruye la autoridad moral del colegio. Tales conductas envilecen la educación y desmotivan al gerente educativo que se ha formado para ser ejemplo de grandeza, de corrección, de sapiencia y de moralidad.

Asimismo, la pasividad de ciertos inspectores y funcionarios que olvidan la trascendencia de su misión supervisora los convierte en cómplices por omisión. Al ignorar las denuncias sobre irregularidades en la administración de los centros, permiten que estas dinámicas se consoliden en la gestión pública. La falta de rigor en la evaluación del desempeño directivo permite que personas carentes de las competencias humanas y técnicas requeridas continúen al frente de colegios e institutos. Algunos docentes y funcionarios desenfocados de la significación educativa son cómplices de que estas lacras sociales se filtren en las escuelas, perpetuando una política gerencial desprovista de esencia pedagógica.

Se presenta, por lo tanto, una oportunidad idónea para acometer una profunda regeneración en la gestión escolar, apartando del ejercicio directivo a quienes no reúnan los requisitos éticos y profesionales indispensables. Haber obtenido una titulación o superado una fase administrativa no garantiza la idoneidad si la conducta diaria desdice de los valores que la educación debe representar. Por fortuna, gracias a la firmeza, la dignidad y el compromiso indiscutible de una gran mayoría de maestras y profesores virtuosos, la escuela mantiene su capacidad de transformación social. Es necesario adecentar la gerencia escolar reconociendo el valor de los docentes integrales que, con sus decisiones certeras y su ejemplo diario, sostienen el prestigio de la enseñanza.

«El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por otros.» — Herbert Spencer

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor universitario

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