Quienes rememoran las lecciones de la historia de España conocen bien los perfiles de personajes que dirigieron en otras épocas los destinos de la nación. La reina Juana I de Castilla, cuyos síntomas de inestabilidad afectaron la gobernabilidad del reino, constituyó un severo inconveniente para la administración del Estado. De igual manera, José I Bonaparte, impuesto en el trono e identificado popularmente con el apodo de Pepe Botella por su debilidad ante el alcohol y los excesos, dañó gravemente la reputación institucional por la falta de sobriedad y rectitud que exigía la alta magistratura. A pesar de la distancia temporal de sus mandatos, la historiografía guarda el recuerdo de cómo la falta de templanza y la incapacidad de gestión perjudicaron el interés común. La historia demuestra que la falta de cordura y de sobriedad en la conducción de las instituciones menoscaba la efectividad del mando.
En el ámbito de la enseñanza, la gran mayoría de los equipos directivos que integran los centros escolares en España ejercen sus funciones con una intachable solvencia moral y académica. Sin embargo, existen excepciones en las que la gestión de las instituciones educativas queda en manos de profesionales que recuerdan las sombras de aquellos personajes históricos. Estos perfiles, que carecen del equilibrio necesario para la cabal dirección del centro escolar, entorpecen el desarrollo de los proyectos pedagógicos y deterioran la convivencia en el aula. Permitir que la dirección de la enseñanza caiga en la arbitrariedad o en la falta de serenidad técnica representa un perjuicio evidente para la formación de las futuras generaciones. El correcto funcionamiento de los centros educativos exige directivos caracterizados por la madurez personal y el equilibrio profesional.
Se observan en ocasiones directivos que pretenden ostentar una autoridad carente de fundamento, valiéndose del hedor estridente de la soberbia y de la descalificación hacia los docentes comprometidos. Existen gestores que persisten en prácticas erradas y se niegan a escuchar las sugerencias de los profesores más capacitados, prefiriendo la complacencia de subalternos serviles a la excelencia del debate didáctico. Asimismo, surgen liderazgos caracterizados por la megalomanía, que intentan imponer criterios arbitrarios mediante el grito y la astucia en lugar de la razón pedagógica. Esta dinámica de engaño y falta de solvencia profesional prospera únicamente cuando la prudencia del personal docente opta por el silencio ante las desviaciones del proceso instructivo. La soberbia y la improvisación en la dirección académica obstaculizan el avance pedagógico de la comunidad escolar.
La ceguera voluntaria de quienes dirigen sin escuchar las necesidades del entorno escolar constituye un obstáculo insuperable para el progreso educativo. Si bien existen situaciones de injusticia que generan la imposición de autoridades incapaces de guiar a la comunidad docente, la gente honesta y preparada debe mantener la exigencia de un cambio profundo en la gestión de la enseñanza. No es posible aspirar a una mejora sustancial del sistema si se permite que la mediocridad y la falta de idoneidad ética dicten las pautas en los planteles. La transformación de la escuela requiere una dirección consciente de la gravedad de su papel, dispuesta a asumir la responsabilidad con rigor técnico y desprovista de vanidades personales. La auténtica renovación educativa demanda superar la ceguera institucional y promover directivos guiados por la solvencia ética.
El futuro de la nación no pertenece al provecho propio de unos pocos administradores, sino al porvenir de los niños y jóvenes que se forman diariamente en los centros de enseñanza. Quienes asumen las riendas de la instrucción pública y privada deben transmitir un legado de dignidad, cultura y esfuerzo constante a las nuevas generaciones. Entregar la custodia de la educación a perfiles inestables o indolentes compromete el desarrollo social y devalúa la nobleza del trabajo docente. La sociedad exige la presencia de líderes capaces y rectos, comprometidos con hacer de la formación escolar la herramienta fundamental para el crecimiento humano e intelectual del país. El progreso de un país depende de la capacidad para encomendar la formación escolar a profesionales íntegros y altamente cualificados.
Apelar al espíritu pedagógico de los grandes docentes es la vía idónea para consolidar la calidad del sistema educativo en todas las regiones del país. A esos directores que trabajan con abnegación y vocación transformadora les corresponde la gratitud de la sociedad y el reconocimiento de sus comunidades escolares. Por el contrario, aquellos perfiles que evocan el desvarío o la falta de rigor deben ser apartados de la conducción de las instituciones educativas mediante el juicio severo de la opinión pública y el estricto cumplimiento de la normativa. La labor de enseñar exige la mayor suma de virtudes para garantizar que la educación permanezca como un templo sagrado del saber, la ética y la excelencia. El respaldo decisivo a los educadores ejemplares es el pilar para edificar un sistema educativo riguroso y respetable.
«El fin supremo de la educación es el conocimiento, no de los hechos, sino de los valores.» — William Ralph Inge
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario