«El Señor siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja». — Papa Benedicto XVI
¿Qué dice la puerta del infierno?
«Por mí se va a la ciudad dolida; por mí se va al eterno dolor y a la gente perdída; por mí se va entre la gente maldita . ¡Oh vosotros los que entráis, dejad toda esperanza!». — Dante Alighieri (La Divina Comedia, El Infierno, Canto III)
Traducción y advertencia necesaria para el lector desprevenido: Esta monumental advertencia grabada en las puertas del abismo nos recuerda que quien cruza la línea de la maldad institucional y del mercadeo de la justicia entra en un dominio donde se pierde todo rastro de gracia, y donde ya no existen amiguitos, ni amiguitas, ni jefes, ni sobornos que puedan comprar el perdón divino. Para el prevaricador que vende su alma, las puertas del retorno se cierran para siempre. Sí, va contigo, juez y jueza que lees estas líneas; a ti que estás anestesiado y adormecido por el efímero brillo del poder, creyendo que tu toga es una patente de corso intocable. Estás extraviado en la gente perdída de la que habla el insigne poeta florentino Dante Alighieri en su inmortal obra La Divina Comedia, caminando sonámbulo hacia el borde del precipicio, ignorando ciegamente que tu alma ya está hipotecada al fuego eterno.
Dios ha puesto este artículo exactamente en tus manos, y sabes bien de quién viene y hacia quién va dirigido con absoluta exclusividad. ¿Acaso no te has detenido a pensar que Jehová, el Dios de los Ejércitos, el León de la Tribu de Judá, Elohim, está viniendo hoy a tu encuentro a través de este hombre en quien Él se refleja, precisamente para darte la oportunidad de salvar tu alma? Este es un llamado providencial e ineludible para que te salves; no seas contumaz ante la oportunidad que Dios te está dando. No se trata de una casualidad ni de un escrito fortuito que ha cruzado por la pantalla de tu despacho; es una última llamada a la cordura espiritual para sacudir tu conciencia antes de que el peso de tus decisiones te arrastre sin remedio a las fosas profundas del fuego eterno del infierno, donde tu alma se quemará y se consumirá en llamas inacabables, sobre rocas candentes y ardientes, en un suplicio mil veces peor que un volcán en erupción y por toda la eternidad, que no es cualquier cosa. No actúes bajo el refugio cómodo de la obediencia ciega a la autoridad —ese fenómeno de sumisión estudiado por la psicología social y conocido como el experimento de Stanley Milgram, el cual te invito a estudiar con detenimiento para que entiendas cómo abdicar del juicio moral propio conduce directamente al despeñadero—, creyendo que excusarte en órdenes superiores te librará de la culpa; esa patética coartada solo servirá para avivar aún más el azufre y quemarte con mayor intensidad el alma por toda la eternidad.
Mientras el mundo se estremece con catástrofes que exigen una transformación espiritual, tú permaneces impasible, prisionero de la soberbia que otorga un cargo circunstancial. Te comportas con la patética arrogancia del «nuevo rico» que, embriagado por una riqueza o un poder efímero, alardea, despilfarra y se cree dueño del mundo, ignorando que ha cambiado su alma inmortal por un minúsculo, miserable y pasajero instante de dominio terrenal. Vives atrapado en un doble efecto mariposa de retribución kármica: cada injusticia que firmas no solo arruina a los inocentes, sino que rebota con violencia contra los tuyos. No entiendes por qué la desgracia asola tu hogar, por qué de improviso irrumpen enfermedades letales, dolores desgarradores o diagnósticos de cáncer fulminante que carcomen a tus seres queridos; eres incapaz de recapitular y comprender que tú, desde tu estrado, eres el epicentro de esa maldad que envenena todo lo que te circunda. Testarudo y contumaz, prefieres mantenerte ciego, sin percatarte de que el mal regresa siempre a cobrarse en carne propia la factura de tus infamias.
No nos referimos aquí al magistrado probo, recto y diligente que honra la toga con el peso de la justicia y la dignidad de la conciencia, sino a aquellos prevaricadores que hacen de su alta investidura una macabra catapulta hacia el abismo de su propia perdición eterna. Estos funcionarios olvidan la advertencia divina de que «terrible es caer en las manos del Dios vivo», y prefieren satisfacer su codicia terrenal en lugar de cuidar el destino imperecedero de su espíritu ante los ojos de Yahvé. Es insólito presenciar cómo transforman la sagrada misión de impartir justicia en un mercadeo de conciencias, donde el expediente no es la medida de la verdad procesal, sino la simple mercancía destinada al mejor postor. En este lúgubre recorrido, el alma de estos prevaricadores se desmorona en vida, condenada de antemano a pudrirse en las regiones tenebrosas donde el fuego no se apaga y el gusano no muere —comprendiendo que ese gusano inmortal representa el remordimiento eterno, la conciencia que se devora a sí misma por la eternidad y la descomposición espiritual perpetua, un tormento mental y punzante donde el recuerdo de sus infamias corroe su espíritu sin fin, tal como un gusano físico devora los restos sin descanso—. Cuando estos funcionarios se colocan la toga, se sienten revestidos con el traje de invulnerabilidad de un superhéroe de acero o de Iron Man, creyendo que su poder terrenal los blinda; olvidan por completo que son frágiles seres humanos plenamente sujetos a las leyes espirituales del universo.
Este entramado de podredumbre encuentra su expresión más corporativa y cínica en el círculo cerrado de amiguitos y amiguitas, ese aquelarre de togados que han instituido una suerte de sororidad y fraternidad perversa para delinquir con total impunidad desafiando los mandatos del Altísimo. Entre ellas se teje una complicidad mafiosa donde se avalan las tropelías mutuas, se encubren las arbitrariedades y se protegen las espaldas en una cofradía delictiva que ha convertido la judicatura en su feudo personal. No les importa el decoro institucional, ni el respeto al derecho ajeno, ni el ruego persistente de las víctimas que gimen frente a sus despachos; su única brújula inmoral es la voracidad dineraria. Como advierte la Escritura, «ay de los que decretan leyes inicuas y escriben opresión», pues estas personas han olvidado por completo que Elohim juzgará los secretos de los hombres y quebrantará la soberbia de los injustos en el día de su ira.
El modus operandi de este clan se sostiene sobre la manipulación grotesca de la norma y la invención de sentencias carentes de todo fundamento jurídico, cuyo único propósito real es asfixiar a los justiciables. Fabrican culpabilidades o multiplican artificialmente las cargas procesales para arrastrar a las partes a un callejón sin salida, generando deliberadamente una situación de terror jurídico y desesperación absoluta. Saben perfectamente que el afectado, acorralado por el miedo a una condena inmerecida o a la privación ilegítima de su libertad, terminará buscando desesperadamente una vía de escape. Es allí, en medio de la penumbra de sus despachos, donde despliegan su estrategia milimétrica para que las víctimas se acerquen a ofrecerles dádivas, consumando un ciclo sistemático de persecución y acoso institucional que las empuja directamente a los brazos de Satanás.
En este turbio universo de transacciones inconfesables, la extorsión y el soborno se funden y se confunden hasta convertirse en las dos caras exactamente iguales de una misma y maldita moneda que comprará su billete de ida al infierno. La extorsión opera como la estructura coercitiva y amenazante que el juez o la jueza diseña con premeditación, cerrando todas las puertas legales para asfixiar económicamente al ciudadano y empujarlo al abismo de la desesperación. Por su parte, el soborno es la supuesta salida que la misma mano corrupta deja entreabierta, permitiendo que el desdichado pague un precio exorbitante para recuperar una libertad que jamás debió habérsele arrebatado. Así, la coacción inicial de la extorsión se disfraza hipócritamente de una facilitación para el soborno, sellando un pacto diabólico donde el alma se vende por vil metal y se entrega como tributo a la condenación eterna.
Para ejecutar esta maquinaria de pillaje, estos amiguitos y amiguitas se pagan y se dan el vuelto en un circuito cerrado de influencias donde ellos mismos firman, archivan, desestiman y ratifican sus propias infamias. Si una causa llega a otra instancia dominada por sus cómplices, la decisión ya está predeterminada por la complicidad corporativa y por el compromiso inquebrantable de proteger el botín común a cualquier costo, recordando la advertencia bíblica de que «el soborno ciega los ojos de los sabios», en contraste con aquel espíritu prudente que ve el peligro y se retira a tiempo, mientras el necio sigue adelante para sufrir el castigo. No existe espacio para la imparcialidad ni para el temor de Dios cuando el tribunal se ha convertido en una gavilla de delincuentes con título universitario que prefieren reírse de la ley divina para rendirle pleitesía a sus iguales o a sus jefes. En lugar de encumbrarse en un círculo virtuoso de rectitud, se sumergen voluntariamente en un círculo vicioso, ensuciando sus espíritus con decisiones corruptas. En este mercado persa de la iniquidad, cada sentencia corrupta es un clavo más en el ataúd espiritual que los arrastrará sin remisión al lago de fuego y azufre preparado para los que pervierten el derecho.
Todo el mundo actúa según los caprichos de su voluntad humana contaminada, olvidando que la única brújula verdadera es la ley del Creador, y es allí donde el juez y la jueza cometen el error más atroz de su existencia. Al final de sus días, cuando el telón de la vida se cierre y las túnicas de la soberbia judicial se quemen ante la presencia del Juez Supremo, Jehová, comprenderán el tamaño de su ruina y el terror de la condenación eterna. De nada les servirán las cuentas abultadas, los bienes mal habidos, las ostentosas operaciones estéticas ni las lujosas camionetas nuevas adquiridas con el dinero putrefacto de la corrupción, ni la complicidad silente de sus amiguitos cuando Satanás reclame el precio de sus almas en el infierno por toda la eternidad. Habrán cambiado la paz celestial y la gracia divina por unas cuantas monedas malditas, quedando reducidas a sombras atormentadas que arderán sin consuelo en el crujir de dientes de la justicia celestial.
«Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?». — Jesucristo (Evangelio según San Mateo 16:26)
Dr. Crisanto Gregorio León