Con acidez caramelizada escribe Luis Antonio de Villena, excelente maestro de las letras, que el “No a la guerra” es un grito angelical, inútil en su trascendencia, pero aconsejable para una parte del País que vive de pancartas y aforismos. Cada noche, uno de sus setecientos asesores, deja al Presidente un papelito sobre la almohada para que no piense por sí mismo y pueda dedicarse a otros menesteres de plácido recorrido.
Y cuando los consejeros no encuentran nada nuevo porque nada nuevo ha bajo el sol, que también el sol se cansa de vulgaridades, se echa mano a lo antiguo: “Franco”, “No a la guerra”… y sorpresas así que no cesan de avivar el fueguecillo de las costumbres.
Mientras tanto sube la hoja de lechuga, las fresas y las mermeladas, los huevos y las zanahorias… porque todo se mueve con petróleo y ahora no le dejan los ayatolás, que como se sabe están cumpliendo con las leyes internacionales desde la mejor esquina de la Historia, que se venda y se distribuya, ni siquiera a los que “estamos” con ellos en la defensa universal de los valores.
Razón tiene el señor Villena al decir que somos ángeles… sí, pero desorientados.
Pedro Villarejo