La francesa Gisèle Pelicot, víctima de violaciones organizadas durante casi una década por su exmarido Dominique Pelicot —condenado a 20 años de prisión—, ha asegurado que su “estatus de víctima” terminó tras el juicio celebrado en 2024 en Aviñón. En una entrevista con Europa Press en Madrid, ha instado a las mujeres que sufren violencia sexual a no sentir “vergüenza ni culpa” y a “hablar” para no aislarse.
“La vergüenza la llevé encima de mí durante todo este juicio y en ese momento fue cuando dije ‘la vergüenza debe cambiar de bando’”, recordó. Con esas palabras, pronunciadas en septiembre de 2024, lanzó un mensaje que ha traspasado fronteras y que ya había sido utilizado en 1974 por la abogada Gisèle Halimi para reclamar juicios públicos en casos de violación. Pelicot decidió oponerse a que su proceso se celebrara a puerta cerrada para evitar que los acusados estuvieran “protegidos”.
“Cuando eres víctima, te sientes tan, tan culpable”, explicó. Por eso insiste: “No tengáis vergüenza y no sois culpables. Hablad”. Tras el proceso judicial, afirma haber necesitado “terminar, reapropiarme de mi vida, reinventar mi vida”. Considera que cerrar la etapa judicial fue clave para dejar atrás ese papel y enviar un mensaje de acompañamiento y fortaleza a otras mujeres.
En su libro Un himno a la vida, publicado por Lumen, relata el horror vivido —cuando su marido la drogaba para que decenas de hombres abusaran de ella— y el impacto en sus hijos. Aunque en su juventud no se sentía especialmente vinculada al feminismo, considera que hacer público el juicio ha aportado “un pequeño granito de arena” al movimiento. “Pensaba que había sido la única. Nunca hubiese imaginado la amplitud que esta violencia ejerce contra las mujeres”, reconoce.
Pelicot rechaza la etiqueta de heroína, pero admite que ha contribuido a “despertar conciencias”. “He atravesado el horror, pero he podido levantarme, reconstruirme”, señala. No vive “ni con ira ni con cólera”, aunque sí con indignación por la traición sufrida. Se aferra a los recuerdos compartidos durante 50 años de matrimonio como parte de su historia personal, una “cicatriz” que permanecerá “brillante hasta el final” de sus días.
También ha denunciado la “sumisión química” como una forma de “dominación masculina” y una violencia que obliga a cuestionar ciertos comportamientos. No obstante, pide no hacer “una amalgama” de todos los hombres y defiende la posibilidad de “vivir juntos en armonía”. Para ella, la decisión de exigir un juicio público marcó su misión vital. “Este libro es un mensaje de amor y esperanza”, concluye, convencida de que su historia puede servir de impulso y acompañamiento a otras mujeres.