Feminismo: de la opresión a la abolición del sexo y la naturaleza humana

21 de enero de 2026
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Feminismo I Freepik

Quienes tienen la responsabilidad de conducir la vida pública no pueden ignorar este trasfondo ideológico

El feminismo no es un concepto de fácil definición. Más bien se presenta como una figura escurridiza, de contornos cambiantes, poliédricos. Esta dificultad fue advertida tempranamente por Karen Offen en su artículo Definir el feminismo: un análisis histórico comparativo (1991), donde lo caracteriza como una ideología y un movimiento sociopolítico basado en el análisis crítico de los privilegios masculinos y de la subordinación de las mujeres en cualquier tipo de sociedad. La amplitud de la definición revela, al mismo tiempo, la complejidad del fenómeno.

En efecto, hablar de feminismo supone reconocer una pluralidad de expresiones: feminismo de la igualdad, de la diferencia, radical, socialista, marxista, cristiano, ecofeminismo, tecnofeminismo, ciberfeminismo, entre otros. Estas corrientes no solo difieren entre sí, sino que en muchos casos mantienen posiciones encontradas e incluso irreconciliables. A ello se suma su creciente institucionalización política, visible en la llamada femocracia, junto a un feminismo de sentido común que suele quedar eclipsado por las formulaciones más ideologizadas.

La denominada Ola Feminista universitaria ha sido un espacio donde confluyen, de modo particularmente intenso, el feminismo de la igualdad y el feminismo radical. Ambos comparten una matriz interpretativa que entiende la relación entre hombres y mujeres en clave de opresión estructural. En este marco, la diferencia sexual es leída como una forma de dominación y el conflicto entre los sexos como una versión moderna de la lucha de clases.

Este enfoque hunde sus raíces en Friedrich Engels. En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), Engels afirmaba que el primer antagonismo de clase coincide en la historia con el antagonismo entre el hombre y la mujer en el matrimonio monógamo, y la primera opresión de clase con la del sexo femenino por el masculino. A partir de esta tesis, la liberación de la mujer exige la superación de las estructuras que sostienen dicha opresión, entre ellas el matrimonio y la familia.

El paso siguiente consistirá en desvincular esta opresión de la naturaleza biológica. Simone de Beauvoir en El segundo sexo (Le Deuxième Sexe, 1949), formulará una de las ideas más influyentes del feminismo contemporáneo: No se nace mujer: llega una a serlo. Con ello, la feminidad deja de entenderse como una realidad ontológica, el modo de ser mujer con expresión biológica, para convertirse en el resultado de una construcción histórica, social y cultural. La diferencia sexual comienza así a ser percibida como una carga que limita la libertad.

En la década de 1970, esta lógica se radicaliza. Shulamith Firestone publica The Dialectic of Sex (1970), donde propone sustituir la lucha de clases por la revolución de las clases sexuales. Allí sostiene que, para garantizar la eliminación de las clases sexuales, la clase oprimida debe tomar el control de la reproducción humana, añadiendo que el objetivo final del feminismo no debe ser solo la eliminación del privilegio masculino, sino la eliminación de la distinción misma entre los sexos. La tecnología reproductiva aparece como el medio para emanciparse de la biología.

En una línea similar, Alison Jaggar, en el ensayo Political Philosophies of Women’s Liberation (1977), incluido en Feminism and Philosophy, anticipa la desaparición de la familia biológica y de las normas sexuales tradicionales. Según Jaggar, la eliminación de la familia biológica suprimirá también la necesidad de la represión sexual, permitiendo una sexualidad desestructurada, libre de roles definidos entre hombres y mujeres, caracterizada por lo que denomina una perversidad polimorfa.

Juliet Mitchell, en Woman’s Estate (1971), profundiza esta dialéctica al afirmar que la opresión de las mujeres no se resolverá automáticamente con la derrota del capitalismo. La lucha de los sexos posee, según ella, una dinámica propia. La liberación de la mujer requiere una transformación radical de las relaciones entre los sexos, lo que implica asumir el conflicto como motor de la historia, aplicado ahora al ámbito sexual.

El giro decisivo llegará con Judith Butler. En Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (1990) y posteriormente en Undoing Gender (2004), Butler cuestiona la distinción misma entre sexo y género. Si se impugna el carácter inmutable del género, quizá el sexo haya sido siempre género, concluyendo que la diferencia entre ambos conceptos no existe como tal. El género se convierte así en una categoría abierta, múltiple y fluida, que desborda la dicotomía hombre-mujer.

En este punto, el cuerpo mismo entra en crisis. El ciberfeminismo intentará responder a esta disolución recurriendo a la tecnología. Donna Haraway, en A Cyborg Manifesto (1985), define al cyborg como un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción. En la introducción del texto afirma que su propuesta es un esfuerzo blasfematorio por construir un mito político fiel al feminismo, señalando que el cyborg es nuestra ontología, nos otorga nuestra política.

Para Haraway, el cyborg permite pensar un mundo postgenérico, sin origen ni fin, donde se superan, bajo su perspectiva, las oposiciones naturaleza-cultura, hombre-mujer, cuerpo-mente. Esta ontología artificial culmina el tránsito iniciado décadas antes: de la crítica a la subordinación femenina se pasa a la disolución de la naturaleza humana.

Estamos, así, ante una ideología que no se agota en demandas sociales ni en gestos performativos. Se trata de una transformación profunda de la antropología y de la política.

Quienes tienen la responsabilidad de conducir la vida pública no pueden ignorar este trasfondo ideológico, sin arriesgar la adopción de políticas públicas, en los ámbitos familiares, educativos, laborales, que han inundado; por doquier, supuestos programas considerados como avances civilizatorios.

En este sentido, recuperar el sentido de lo humano, resulta una emergencia social cultural. Pues sin varones y mujeres, iguales en dignidad, diferentes en sexualidad y complementarios, no hay futuro posible.

*Por su interés reproducimos este artículo de Juan Carlos Aguilera publicado en el Diario las Américas.

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