Vivir es desplazarse con los ojos abiertos hasta que un día nos atrevemos a cerrarlos y surge dentro la luz que tanto se esperaba. Descansa el corazón entonces tras el jadeo de la búsqueda y el paladar se detiene ya en el gozo.
Un chico iraní de diecisiete años, atribulado por la droga y sus desconciertos, escucha de pronto un comentario bíblico en el que Dios reclama la presencia de sus hijos, desde la libertad de apetecerlo. Cree que es a él a quien llama, a él a quien espera. Y decide hacerse católico respetando al musulmán que ha sido.
Al llegar a casa, con el rostro desenvuelto en luz, comunica a su padre la decisión que ha tomado de seguir a Cristo y la respuesta que recibe no es la de un padre ni la de un creyente: «Si no te matan los demás, seré yo quien te ajuste una cuerda al cuello».
A nosotros, que tenemos la suerte de llamar Padre a Dios, cuya comprensión amorosa se despliega también en los padres de la tierra, nos ahoga la persecución de las obligatoriedades… Se pudre lo que se impone.