El Prado recibe por primera vez al maestro italiano Pontormo con la llegada de su icónica ‘Visitación’

8 de mayo de 2026
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Imagen de 'La Visitación', del pintor italiano Pontormo. | EP
La pinacoteca madrileña exhibe de forma excepcional una de las obras más singulares del Renacimiento italiano, cuya compleja logística ha costado 50.000 euros

El Museo Nacional del Prado ha marcado un hito en su historia reciente al presentar La Visitación de Jacopo Carucci, conocido como Pontormo. Es la primera vez que la institución acoge una obra de este referente del manierismo italiano, gracias al programa La obra invitada y al apoyo de la Fundación Amigos del Museo del Prado. La pieza, que nunca antes había estado en España, permanecerá expuesta durante apenas seis semanas antes de regresar a su origen.

El préstamo se considera excepcional debido a la fragilidad y procedencia de la tabla, custodiada habitualmente en la iglesia de San Michele Arcangelo en Carmignano, Italia. Según el director del museo, Miguel Falomir, el traslado supuso un desafío logístico que ascendió a los 50.000 euros, obligando a un transporte por tierra en camión. La obra está ejecutada sobre cinco paneles de madera de álamo y destaca por un estado de conservación tan óptimo que no ha requerido de ninguna intervención previa a su exhibición.

En el aspecto artístico, la experta Ana González Mozo resalta que Pontormo ofrece una visión «escueta» e «idealizada» del encuentro evangélico entre María e Isabel. A diferencia de la versión de Rafael que se encuentra en la misma sala, esta composición sitúa a las protagonistas en un entorno que evoca a Florencia como la «ciudad ideal». Una de las grandes particularidades de esta tabla es la presencia de dos figuras femeninas adicionales que parecen ser dobles de las protagonistas en diferentes etapas vitales.

José y Zacarías

Otro detalle disruptivo de la pieza es la inclusión de José y Zacarías, los maridos de las mujeres, quienes aparecen representados de forma esquemática y no como retratos convencionales. El artista rompe con la tradición iconográfica al dar un peso visual inusual a los acompañantes, reforzando ese concepto de «belleza ideal» que impregna toda la escena. Además, la obra se presenta sin su marco original, mostrando únicamente una moldura del siglo XVIII que no suele salir de la parroquia italiana.

El cuadro destaca por un uso magistral del color y la técnica. El cromatismo se apoya en capas translúcidas de pintura que generan matices poco comunes para la época, creando un efecto lumínico único. Los pliegues de los ropajes de las cuatro figuras principales están ejecutados con tal precisión que parecen haber sido esculpidos directamente en piedra, lo que otorga a la composición una solidez monumental a pesar de la delicadeza de su factura.

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