Es infame la utilización de la autonomía y la función docentes como instrumentos de apocamiento del participante. En pleno siglo XXI, la autoridad y el talento deben ponerse a disposición del hombre para la construcción de un mundo mejor. Sin perjuicio de la calidad de la educación, el docente no debe constituirse en un obstáculo para que el participante obtenga el conocimiento, sino servir de mediador entre el saber y quien lo busca.
En la construcción y aprehensión del conocimiento, la actitud del docente comporta una huella significativa según sea la concepción que tenga del proceso de aprendizaje; además de su particular visión como estratega en la gestión del aula y sus habilidades de liderazgo para una educación con calidad. Cuando el docente cierra todas las posibilidades al cambio y no permite una visión distinta a aquella que no produce sino frustraciones a sus participantes, atornillado en la prehistoria, se convierte en un fósil de la educación. Es un dinosaurio que olvida que, aunque no estén claras las razones de su extinción, entre ellas se sostienen la degeneración biológica y la incapacidad para adaptarse a los cambios.
Desdichadamente, hay en la educación quienes se ponen a hibernar en un inacabable letargo que les adormece el intelecto para los asuntos científico-educativos. Mantienen una negativa rotunda con apologías que actúan como aderezos, diluyendo el quid del asunto, mientras un círculo vicioso se sigue apoderando de sus espíritus en detrimento de una apertura al cambio y al avance.
En los mejores esquemas del pensamiento educativo, se enmarca la labor del mediador: aquel profesional que, en función docente, le interesa la realidad del participante. Es quien utiliza los instrumentos y las estrategias de aprendizaje con calidad científico-técnica y emplea los reforadores idóneamente en el contexto preciso, para su efectividad en la construcción del conocimiento y no en la destrucción de los anhelos y aspiraciones del participante. Mantengamos presente el pensamiento del maestro Paulo Freire, plasmado en obras como «La educación como práctica de libertad» y «Pedagogía del oprimido».
«Quien instruye sin empatía construye laberintos; quien educa con vocación, despeja el horizonte». Crisanto Gregorio León.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario